Artículo de investigación
KIPUS: REVISTA ANDINA DE LETRAS Y ESTUDIOS
CULTURALES,
No. 59 (Enero-Junio, 2026), 151-174. ISSN: 1390-0102
DOI: https://doi.org/10.32719/13900102.2026.59.8
Fecha de recepción: 27 de agosto de 2025 -
Fecha de revisión:: 17 de septiembre de 2025
Fecha de aceptación: 24 de octubre de 2025 -
Fecha de publicación: 1 de enero de 2026
Universidad Nacional de Loja
Loja, Ecuador grover.leon@unl.edu.ec
Universidad Nacional de Loja
Loja, Ecuador isis.cordova@unl.edu.ec
RESUMEN
Luis Alfredo Martínez, liberal comprometido, publicó en 1904 su primera y única novela A la Costa, en defensa de las reformas alfaristas. El objetivo de este trabajo es describir el cambio ideológico del protagonista a través de su discurso. Se utilizó un enfoque crítico que permitiera ver la novela desde su papel en la esfera sociocultural de la época. Los resultados arrojaron una primera etapa conservadora, una segunda etapa con esencia anarquista y, finalmente, una tercera atravesada casi en su totalidad por un discurso liberal. Se concluye que el cambio ideológico del protagonista refleja la transición del pueblo ecuatoriano de la época.
Palabras clave: Luis A. Martínez, Ecuador, novela, transición ideológica, conservadurismo, liberalismo, discurso.
ABSTRACT
Luis Alfredo Martínez was a committed liberal who published his first and only novel, A la Costa, in 1904 in defense of Alfaro’s reforms. This study aims to describe the protagonist’s ideological change through his discourse. A critical approach was used to analyze the novel’s role within the socio-cultural sphere of its time. The findings revealed an initial conservative phase, a second phase with an anarchist essence and finally a third phase crossed almost entirely by a liberal discourse. It is concluded that the protagonist’s ideological change reflects the sociopolitical transition of Ecuadorian people at the time.
Keywords: Luis A. Martínez, Ecuador, novel, ideological transition, conservatism, liberalism, discourse.
Luis ALFREDO MARTÍNEZ, político liberal comprometido, publicó su primera y única novela A la Costa en 1904, pocos años después del estallido de la Revolución liberal, liderada por Eloy Alfaro. La exigua producción literaria del escritor ambateño se compone de la ya mencionada novela y de un par de crónicas que reflejan sus principales intereses: el progreso nacional, derivado del pensamiento positivista que tuvo su mayor auge en el siglo XIX (Álvarez Velasco 2008, 110; Le Goff 2005, 220) y su denuncia al regionalismo, un mal imperante para el progreso nacional (Bossano 1930, 8; Rocha 2017, 161). Este trabajo busca una mirada más fresca para la novela, pues los trabajos existentes hasta la actualidad toman como eje principal la migración y geografía cultural, temática por la que es considerada literatura representativa nacional (Sinardet 1998, 305; Sinardet 2021, 27). Flores y Zalamea (2011, 45) hacen énfasis en el intento de imposición de la ideología liberal por parte del autor, a través de un estudio comparativo. Por su parte, Iturburu (2007, 597) explora la relación entre el protagonista y su mejor amigo, dilucidando una homosexualidad latente entre ambos. Con el espectro migratorio cubierto, es necesario el análisis de la figura del protagonista desde la historicidad que refleja la novela y desde el papel de escritor de Martínez y su nexo con la política.
La literatura y la política tienen un largo y estrecho vínculo que nació con las intenciones de difundir la historia, siendo el género más adecuado la novela, en la que se mezcla el relato histórico con elementos literarios que hacen más llamativo el texto (Toquica 2000, 129). Sin embargo, la importancia de la literatura en el relato histórico, según White (2003, 113) y Luis Acosta (2005, 86), sobrepasa los límites de cualquier género y se adapta para contar una historia con una base fidedigna de los hechos. Existen los relatos históricos que se esfuerzan por su veracidad y las novelas históricas que cuentan un suceso a través de un filtro de ficción. En este sentido, la proporción arqueológica (Alonso, citado en Mata 1996, 38) es el conjunto de elementos propios de una época que se utilizan para construir y nutrir una historia. Este filtro de ficción permite que escépticos como Lillo (2017, 269) duden de la veracidad y utilidad de la novela histórica, a lo que Fernández-Prieto (1996, 194) añade que la mirada actual es la que permite definir la historicidad que refleja una obra. Lejos de este debate, Sarlo (1991, 34) habla de las funciones complementarias de la literatura y la política; destaca que se puede ver a través de un texto literario el reflejo de toda una época, costumbre, cultura y cosmovisión. En esta misma línea, pero referente al autor, Bajtín (1999, 13) sostiene que el texto está cercado por la ideología del autor; esto incluye el mundo que creó, aunque se base en hechos reales. Finalmente, en la historia social de la literatura se pretende estudiar la literatura de una época y quienes la componen a través de una visión holística, pero a su vez enfatizando en determinados autores (Bremer 1986, 36; Hobsbawn 1991, 5; Losada 1986, 23). Junto a la historia social, se pone de manifiesto la memoria social (Le Goff 1991, 53) que forma parte de la identidad individual y colectiva de un pueblo y puede ser predispuesta a intereses particulares. La historia también tiene un vínculo inquebrantable con la política, según Biset (2010, 99), puesto que acerca al individuo a lenguajes políticos de otras épocas y puede rastrear su evolución a partir de ese punto.
Respecto a la relación entre literatura y política, Jitrik (1985, 56) sostiene dos posibilidades dentro de un texto: un equilibrio entre ambas o la hegemonía de la política que vuelve al texto propaganda y no literatura per se. La carga política en una obra depende de si el contexto de producción se caracteriza por una relativa paz o por ser un espacio de trifulcas políticas, en cuyo caso la propaganda se vuelve más necesaria. En ese marco, Salazar Mejía (2014, 272) ve a los escritores como soldados a favor de una causa ideológica, pues su compromiso les otorga una mejor posición social. Por otro lado, Peris Blanes (2009, 94) mantiene en la literatura una cierta autonomía respecto a la política, es decir, los escritores sostienen una responsabilidad afrontada con las letras, pero no es imperativo que sirvan a una causa en específico, sino al bien común. Lo cierto es que esta relación navega entre dicotomías y contrariedades que hacen menester el análisis de contextos y épocas específicas. Dentro de un contexto nacional, Pilca (2018, 54) señala la Revolución liberal como un período en el que la reestructuración social permitió nuevos actores en el panorama literario que dejaron una huella continuada por generaciones posteriores como el Grupo de Guayaquil. En cambio, Landázuri (2018, 63) hace eco de la novela ecuatoriana surgida en el período liberal y que es comúnmente relegada por la crítica; los títulos surgidos en la época fueron el medio idóneo para imaginar la realidad en términos utópico-políticos. Se encuentra, por ejemplo, La Receta, relación fantástica (1893), del escritor Francisco Campos Coello, que, de acuerdo a Rodrigo-Mendizábal (2016, 3), retrata el ideal de modernismo y progreso nacional. La hoguera bárbara (1944), de Alfredo Pareja Diezcanseco, es también relativa a este período, pues cuenta la historia de la muerte de Eloy Alfaro; Larco (2008, 227) resalta su crítica ante la brutalidad del hecho sin tomar una posición política polarizada. Las obras mencionadas no se abordan como un conjunto que forme parte de la historia social de la literatura, es ahí donde tiene réplica la observación de Landázuri.
Otro punto esencial que abordar es la historia política del Ecuador entre el siglo XIX e inicios del XX. El Partido Conservador mantuvo un poder hegemónico en gran parte de la segunda mitad del siglo XIX. El dirigente más recordado y estudiado es Gabriel García Moreno, quien, de acuerdo a Espinosa y Aljovín (2015, 121), veía en la religión un pegamento social efectivo que permitía un proyecto nacional estable. Este personaje era un conservador de cepa, sin embargo, ocupaba una posición pragmática cuando se trataba de llevar a cabo acciones relacionadas al control de las masas. La misma fuente afirma la existencia de sectores de ambos partidos políticos, conservadores y liberales, que tenían ideales en común. Sobre los adeptos a esta ideología política, Le Goff (2005, 193) destaca su culto al pasado debido a la incapacidad de reproducirse. Luego de la llegada de Alfaro, la transición de poder arrojó luces sobre la geografía ideológica en el país: Quito fue la cuna de la élite conservadora mientras que parte de la Sierra central y la Costa eran afines al liberalismo (Coronel 2022, 276). Por otro lado, Ledezma y Ledezma (2017, 8) hacen énfasis en que la mentalidad machista, homofóbica y discriminatoria le fue heredada al liberalismo en esa transición de poder, punto importante al hablar de cambio y progreso.
Ayala Mora (2008, 33) sintetiza la llegada de Alfaro al poder, en una cuestión de ascenso político por parte de la burguesía cacaotera que impulsó la campaña liberal desde la Costa. Algunas de las más importantes reformas de este gobierno fueron la educación pública y laica, el divorcio y la separación iglesia-Estado. No obstante, para Clark (2005, 88) los cambios reales fueron percibidos de forma gradual. Las reformas mencionadas también provocaron cambios importantes en la escena cultural de la primera mitad del siglo XX, pues al brindar acceso a la educación a estratos sociales bajos, nuevos escritores y pensadores surgieron para describir su realidad social (Núñez Sánchez 2012, 20); y en los derechos laborales de los sindicatos y el ejército que impulsaron el proyecto modernizador alfarista (Moncayo 2023, 40).
Finalmente, Salvador, protagonista de A la Costa, sufre una transición respecto a su sistema de ideas que en un momento dado llega incluso al umbral de la anarquía. Lozano (2004, 160) define la ideología como un bagaje de ideas que componen el pensamiento del individuo que va desde lo religioso hasta lo cultural y, como no, lo político. En la evolución del término, Verón (1971, 5), Bourdieu y Eagleton (1991 , 221) concuerdan en que el sujeto no tiene noción de su sistema de ideas; sin embargo, el sociólogo francés va más allá y acuña el término doxa para referirse a la naturalización de ideas por parte del individuo sin plena consciencia de ella.
El intento de superar la ideología no apaga otras voces que intentan conceptualizar los cambios en esta. Van Dijk (2005a, 10; 2005b, 27), en "Ideología y análisis del discurso" y en "Política, ideología y discurso" afirma que la adquisición y posible variación de la ideología ocurre paulatinamente y precisa heterogéneos discursos y experiencias para ser posible; de la misma manera, esta es expresada a través de acciones y actitudes que el texto se encarga de mostrar (Sánchez 2022, 30), aunque con la particularidad de expresarse en acciones físicas y no físicas. A pesar de lo gradual del cambio que advierte el lingüista neerlandés, Villanueva y Almagro (2022, 180) sostienen que, en un panorama político polarizado, hay un constante flujo de personas moviéndose entre dichos polos-ideologías. En esta misma línea está la anarquía que, según Federico Ferretti (2009, 3), se desarrolla en el siglo XIX y adquiere una exposición internacional que se caracteriza por la revelación ante lo socialmente impuesto. Este pensamiento alcanza a los literatos que luchan por una causa determinada por su propio contexto; su anarquismo consiste en una muestra del descontento y rebeldía a través de las letras, y dentro de estas al experimentar con formas de escritura que no consideran estructura o influencias externas (Albornoz 2012, 282; Lida 1970, 361).
Por lo anteriormente expuesto, la presente investigación se enmarca en responder al objetivo general de analizar la representación de la transición ideológica y política del pueblo ecuatoriano en el protagonista de la novela; así como también responder al objetivo específico de describir el cambio ideológico de Salvador a través de su discurso.
En la primera parte de la novela, Martínez (2010) muestra a un Salvador consumido por la ideología conservadora heredada de sus padres, y lo hace a través de su apariencia y actitudes en distintos aspectos de su vida. Se puede apreciar la siguiente descripción:
De índole mansa y pasiva [...] Las fuerzas físicas que principiaban a manifestarse pronto, y con ellas el carácter futuro, atrofiadas por la falta de ejercicio y de aire, apenas se esbozaban en un cuerpo delgado y débil y en un rostro pálido con grandes ojos azules dulcísimos. (17)
Teniendo en mente las aproximaciones teóricas sobre ideología de Van Dijk (2005b, 27) y Villanueva y Almagro (2022, 180), el retrato de Salvador es un punto de polarización política. Su debilidad y palidez suponen el rechazo que tiene el autor respecto al conservadurismo, además de dejar en claro el estado inicial del personaje para resaltar una posterior transición más evidente o marcada. El atrofiamiento que se menciona apoya esta idea porque indica que las potencialidades del ser humano sufren afecciones al emerger del sistema político equivocado, según el autor. Se podría hablar de un guiño hacia la vida del mismo Martínez, que nació en el seno de una familia conservadora (Rocha 2017, 147), por lo que hay un factor empírico que lo lleva a construir de esta manera al personaje. Aunado a esto se encuentra su desempeño escolar: "de índole suave, aplicado al estudio y de aptitudes notables, distinguióse desde el primer día" (Martínez 2010, 19). Entonces, la caracterización del personaje y su relación con los estudios componen una carga política significativa; sobrepasa, al menos en ese momento, al componente literario (Jitrik 1985, 56). Martínez intenta convertir el ámbito educativo en parte de su mensaje político, al otorgar particularidades inherentes a la contraparte ideológico-política. Él no ataca los estudios porque ve en la ciencia el camino a seguir, sin embargo, considera a la educación conservadora, pasiva respecto a su idea de progreso nacional que consiste en trabajar la tierra y demás labores prácticas.
Salvador demuestra su posición ideológica a lo largo de la primera parte. Sus padres lo obligan a tomar distancia de su amigo Luciano: "a esa única afección de su vida tan triste, había que arrojarlo del altar, borrarlo de la memoria; pues así lo exigían los padres a quienes Salvador obedeció siempre con absoluta disciplina" (Martínez 2010, 42). Partiendo de las premisas de Van Dijk (2005b, 27) y Sánchez (2022, 30), el discurso conservador de Salvador se demuestra por la ciega obediencia a sus progenitores; la contradicción hacia sus propias creencias refleja una infancia de severa disciplina bajo mandatos eclesiásticos que lo despojan de su autonomía. Aunque podría decirse que ese es el objetivo del autor, sugerir a la ideología conservadora como un dispositivo de control que cerca la voluntad del individuo. Además, es congruente el hecho de que esta pasividad sea una muestra de sus raíces ideológico-políticas, pues la acción o la falta de ella en este momento de la novela no es física. Inferencialmente, esta demuestra la incapacidad del protagonista de sobreponerse a decisiones con las que no concuerda.
También se encuentra la disposición en Salvador a permanecer en su tierra natal y prosperar con su profesión luego de la muerte de su padre: "Los estudios de Jurisprudencia tan brillantemente seguidos hasta entonces, podría, no hay duda, concluirlos [...] después se haría capitalista y su madre estaría bien cuidada y Mariana encontraría un buen marido" (Martínez 2010, 68). Este suceso marca el principio del fin de una relativa estabilidad en la vida del joven quiteño, es una experiencia que propicia un cambio en el sistema de ideas de un individuo (Van Dijk 2005a, 10). Además, alrededor de esta muestra de discurso, se construye un puente entre la primera etapa de la transición del personaje y sus raíces ideológicas. Por un lado, la manutención de su madre y la búsqueda del ideal de prosperidad familiar para su hermana, lo proyectan como un hombre que busca el bienestar para su familia, la huella del conservadurismo surge por su insistencia de permanecer en Quito, pese a que su padre, que ejercía la misma profesión, tenía problemas para mantener el hogar. En ese sentido, la geografía política (Coronel 2022, 276) estaba bien marcada. Por otro lado, la muerte del patriarca deja a Salvador en una especie de orfandad ideológica, pese a que su último intento es continuar el legado de su padre que finalmente no cumple; este suceso marca el inicio de una nueva etapa en la transición del protagonista.
La incógnita de este acápite permite una mirada más amplia del momento que atraviesa el protagonista en la mitad de la novela. Como contexto, la guerra entre conservadores y liberales estalla, Salvador decide enlistarse para el combate y su bando acaba perdiendo la guerra. En el campo de batalla el muchacho queda a merced del enemigo y un viejo amigo llega al rescate: "Luciano, sin la menor conciencia de esa muerte, abrazó a Salvador gritando: -Nadie le toca a este; ajo! Nadie le toca!" (Martínez 2010, 98). En un plano simbólico, es el liberalismo abrazando al confundido chico pálido y delgado, sin embargo, no es más que un primer contacto que resulta necesario para lo que atraviesa posteriormente.
La esencia anárquica se revela cuatro años después, nuevamente en otro encuentro de los dos amigos; el quiteño se expresa de quienes cree que son los culpables de su situación: "ciertos señores de dicho partido, imitadores ridículos de dos emigrados franceses del siglo pasado, estaban lejos de todo peligro, bien comidos y vestidos" (109). Este se consolida como el punto de quiebre, el camino sin retorno de Salvador a nuevos horizontes ideológicos. El rechazo a sus raíces es la experiencia definitiva en el cambio ideológico (Van Dijk 2005a, 10); ya no es un conservador, pero tampoco es un liberal. Martínez (2010) empieza a destacar el abatimiento de su personaje: "al frente está Salvador más pálido que nunca [... ] han herido profundamente su organismo moral" (99), lo que significa un paso más en su transición, pero también un punto vital en su encarnación del pueblo ecuatoriano. El contexto bélico en el que sufre la moral de Salvador se alínea con la literatura de la época, analizada en los trabajos de Larco (2008, 227) y Rodrigo-Mendizábal (2016, 3), que da como resultado una mirada del autor a las heridas del pueblo ecuatoriano, a raíz del conflicto armado y la división política. Esto dilucida un apego constante del autor al espectro político que envuelve su obra.
También hay dos menciones directas de la anarquía: "Yo tengo la seguridad de terminar en anarquista, porque para mí la Providencia no existe, o fue una madrastra cruel" (Martínez 2010, 111). Y "comprendió entonces la razón del anarquismo, de ese a primera vista absurdo sistema social, que en día no lejano aniquilará a la vieja sociedad" (113). Martínez no tuvo afinidad con este pensamiento (Rocha 2017, 154) y tampoco experimentó con formas de escritura sin atender al canon, como lo marca el nexo entre literatura y anarquía (Lida 1970, 361; Albornoz 2012, 282). Entonces, el anarquismo, más que un elemento que compone la trama y caracteriza al héroe, es una forma de puntualizar su desavenencia de las raíces conservadoras. Sin embargo, al mencionar la vieja sociedad, este trabajo se pregunta si el anarquismo no es más que un disfraz del liberalismo tan preponderante en el pensamiento del autor. Ambas ostentan un tras-fondo revolucionario, disgregado al momento de ser llevado a la práctica. La mención directa de la palabra anarquía, a simple vista, puede referir a la anarquía en el personaje, sin embargo, la rebeldía del personaje no va dirigida hacia el Estado y sus instituciones, es producida por las contrariedades que le produjo el Partido Conservador y sus representantes, por esa razón se habla de una esencia anárquica.
Más adelante hay otro guiño que Salvador hace de su destino próximo, pues hablando con Luciano de sus planes menciona: "Quizá en la Costa pueda atrapar alguna zamba con plata porque el dinero es todo" (Martínez 2010, 112). Esta actitud atrevida además de marcar una diferencia con el carácter inicial de Salvador, posee una lógica explicada en términos de la nueva burguesía cacaotera (Ayala Mora 2008, 33) y la intensa movilidad social sin precedentes (Pilca 2018, 54). El muchacho proveniente de la Sierra empieza a explorar sus posibilidades, a la vez que demuestra un total desarraigo de su pasado conservador, un punto que Martínez no pretende dejar de recordar.
En esta etapa de la guerra hay singulares muestras de la arqueología (Alonso 1984, citado en Mata 1996, 38) que utiliza el autor para construir la trama de la novela. En principio se puede leer lo siguiente sobre el conflicto: "La guerra civil iniciada por el asunto de 'Esmeralda', había tomado inmenso desarrollo y las quiebras andinas y las llanuras de la Costa, retumbaban con las descargas de los combates" (Martínez 2010, 85). Y también "este fue el principio del sangriento y heroico combate de San Miguel de Chimbo, uno de los choques en que más lujo de bravura ha hecho el soldado ecuatoriano" (95). Ambas citas son el reflejo de esta época en cuestión, por lo que la función literaria (Sarlo 1991, 34) compagina con el ingenio del autor para volver el conflicto parte de la trama. La primera cita posee una historicidad bastante precisa que Moncayo (2023, 40) corrobora, lo que hace avanzar el debate sobre la veracidad de los hechos en una novela a favor de la literatura (Lillo 2017, 269), pues pese a ser un producto ficticio, hace las veces de un documento histórico. Por otro lado, en la segunda cita los adjetivos sangriento y heroico juntos componen una cuota política que supera a la literaria, logrando un desequilibrio, ocasionado por el vigor de las tensiones políticas de la época (Jitrik 1985, 56). El autor pretende vender al conflicto como la solución necesaria para dar paso a la posterior revolución; el fin justifica los medios y en este caso los ecuatorianos, según Martínez, debían sufrir los estragos de la guerra para un mejor porvenir.
Estos detalles forman parte de la memoria social (Le Goff 1991, 139) de los ecuatorianos, pero hay un momento en que esta memoria se hace más evidente: "Salvador evocó aquella escena del 3 de mayo de 1845, y en la imaginación reconstituyó los detalles del furioso combate. El contraste del recuerdo aquel y de la calmada noche, era completo" (Martínez 2010, 119). Al revisar la cronología de la obra, se puede notar que es imposible que Salvador evoque este recuerdo en específico porque es aún un joven de aproximadamente veinte años a inicios del siglo XX. Martínez no pudo dejar pasar un detalle tan notorio, de ahí que la representación del pueblo ecuatoriano a través de este personaje tenga aún más sentido, porque es el pueblo y su memoria la que tiene el recuerdo del enfrentamiento. También se puede notar que el autor no le da la misma importancia a esta batalla que a la gestada en la revolución. Con esto en mente, la obra manifiesta instancias con distinta carga política, dando un nuevo matiz a la premisa de Jitrik (1985, 56) sobre la relación literatura-política. A la Costa es, aparte de una novela de migración, una novela con una carga política que responde a la época de su producción; sin embargo, dependiendo del contexto, Martínez asigna más significancia de esta naturaleza a algunos componentes más que a otros, lo que le otorga un sentido pragmático a su escritura.
Luego de la corta fase de esencia anárquica, Salvador se encuentra viajando hacia la hacienda cacaotera El Bejucal, para trabajar como capataz. De aquí en adelante, hay una serie de puntos, divididos entre acciones y actitudes, que manifiestan el discurso liberal que va adquiriendo gradualmente. En el transcurso de ese viaje, hace una escala en Guayaquil, donde se menciona lo siguiente:
Salvador sentía cierta invencible somnolencia, cierta disminución de la voluntad; algo como la duda de su propia existencia [...] No se convencía de que estaba en Guayaquil, ciudad que siempre había creído inabordable para los hombres de iguales condiciones que las suyas. (Martínez 2010, 124)
En primera instancia, la geografía dibujada por Martínez corresponde al auge de la burguesía cacaotera (Ayala Mora 2008, 33), pero más importante aún es que el protagonista se adentra física y simbólicamente a las fauces del pensamiento que, intuye, va a explorar. Esta consciencia del personaje sobre sí mismo secunda el conocimiento sobre su futuro liberal a través de la duda existencial que adquiere cuando es testigo de un nuevo panorama. Por otra parte, la disminución de la voluntad de la que es víctima es producida por su crianza llena del desdén de su madre hacia los liberales costeños y por los prejuicios del regionalismo que abundaba en ese entonces.
Al llegar a la hacienda tiene un altercado con Fajardo, el administrador, y su reacción obedece al carácter que el autor imprime en él: "Salvador creía que soñaba, pues nunca se imaginó en las peores horas de desaliento, que algún día debía estar a las órdenes de un hombre como Fajardo" (Martínez 2010, 132). Esta cita forma parte de la transición ideológica del personaje por las implicaciones que tiene respecto a su condición de serrano y los efectos de su convivencia con hombres costeños, de personalidad y costumbres diferentes. Este proceso se ve enfrentado a contrariedades que adquieren mucha lógica al considerar el agudo regionalismo que poblaba la mente de los ecuatorianos (Bossano 1930, 8). Luis A. Martínez a través de A la Costa y momentos como este, se da a la tarea de denunciar el regionalismo porque frenaba el progreso nacional (Rocha 2017, 163); en ese sentido, su intensa tarea como liberal comprometido se ve pausada o relegada a segundo plano y cobra protagonismo una escritura política más sobria que vela por intereses netamente nacionales y no por la división a la que defiende. El acoplamiento que se permite Martínez de la lucha por sus ideales y la adaptación de su héroe, forman parte de la caracterización procesual de la transición de su personaje y aquello que representa: el pueblo ecuatoriano. Ambos tienen dificultades para avanzar debido a las diferencias interregionales: Salvador, como serrano, debe soportar y adaptarse a su nuevo entorno en la Costa, y el Ecuador lidia con un fuerte regionalismo que subleva cualquier espíritu colectivo de progreso nacional.
Otro punto en la transición de Salvador es su relación con Consuelo, la hija de Roberto, un serrano que trabaja en la hacienda y hace amistad con el chico. Cuando los dos jóvenes empiezan a enamorarse, Fajardo se interpone, confiesa sus sentimientos por la muchacha y se desata la ira en Salvador: "estaba resuelto a todo para impedir esa infamia, ese robo de lo que consideraba suyo; iría, si era preciso hasta el homicidio" (Martínez 2010, 152). Bajo los mecanismos de expresión discursivos (Van Dijk 2005b, 27), la ferocidad de Salvador y la intencionalidad de quitar una vida muestran en él una adaptación más profunda o completa a su ambiente, pues en la novela la ruralidad despierta bajos instintos. No termina de concretarse su relación con la ideología liberal, pero empieza a ser parte de la Costa y su idiosincrasia. Asimismo, el muchacho muestra una clara distancia de carácter entre ese momento y sus inicios en Quito, moldeados por la pasividad y fragilidad.
Este comportamiento acaba de reforzarse más adelante cuando contrae nupcias con Consuelo y van al lecho en su noche de bodas: "Salvador abrazó a su mujer, cubrióle de besos y levantándola en algo con aire triunfante y vencedor, llevóle a la cámara nupcial" (Martínez 2010, 175). El triunfo que menciona el autor se debe en parte a la mencionada rivalidad con Fajardo, ese sentido de posesión, propio de la sociedad de esa época (Ledezma y Ledezma 2017, 8). El discurso liberal no se configura del todo en el matrimonio, sino en la articulación de la prosperidad hallada en la Costa, cuyo principal atractivo es la formación de un hogar y la felicidad matrimonial, elementos que en Quito no eran vislumbrados. Incluso estas aspiraciones, bastante comunes en ese momento, constituyen un signo del crecimiento económico y desarrollo nacional que Martínez auguraba de la mano del liberalismo como un soldado a favor de esta ideología (Salazar Mejía 2014, 272). Parte de esta idea que Martínez vende de prosperidad en la Costa es acompañada de sus personajes, tal como don Velásquez, dueño de la hacienda, quien apadrina al joven matrimonio y más adelante les da mejores condiciones de vida. Martínez (2010) menciona: "era un anciano robusto y hermoso, descendiente de las antiguas familias guayaquileñas que guardan el honor y la probidad como el mejor timbre de su alcurnia" (162). A través de las características de este hombre, se edifica la figura idealizada del costeño liberal, quien acoge al hombre, ya no muchacho, quiteño, sin fijamientos en su origen y, a modo de ángel guardián, lo lleva a prosperar en la hacienda.
El trabajo de campo resultó todo un reto para Salvador, sin embargo, no flaqueó: "aún cuando en su vida había manejado una herramienta, quiso aprender prácticamente el uso del machete, instrumento universal de la agricultura costeña" (143). Su briosa actitud manifiesta finalmente un discurso liberal, o al menos la visión que el autor tenía, pues este insistía en que el medio de progreso era la agricultura (Rocha 2017, 150). Las fases que atraviesa su discurso, desde el niño débil y pasivo hasta una intensa rebeldía a raíz de su distanciamiento con el conservadurismo, convergen en este momento para mostrar a un Salvador más centrado, dispuesto a encarar los retos que se le presentaban. El machete como símbolo de la agricultura en la Costa es la clave que termina de descifrar el liberalismo que desprende el personaje, además de la adaptación satisfactoria del serrano a su nuevo ambiente laboral, luego de una juventud de estudios de jurisprudencia y trabajo de oficina. Ergo, poner a su protagonista a trabajar en el campo comprendió la formulación del mensaje de Martínez hacia un Ecuador en proceso de transformación que buscaba vías de desarrollo.
Pese a que intentaba sobrellevar su situación, las condiciones ambientales no le favorecían en lo absoluto: "con las manos y el rostro acribillados por las dolorosas picaduras de los zancudos o de las avispas, y teniendo el alma casi desesperada, porque veía un porvenir de fatigas horribles y sin recompensa, regresaba a la hacienda" (Martínez 2010, 143). El énfasis proveniente de las descripciones son fruto de la misma experiencia de Martínez, pues dirigió un ingenio que le ayudó a obtener las experiencias para escribir A la Costa (Rocha 2017, 160). En ese sentido, así como Bajtín (1999) sostiene que el escritor plasma su cosmovisión en el texto (13), Martínez plasma su experiencia, componente de la cosmovisión, en su novela. En el plano representacional, el autor destaca las vicisitudes a las que se enfrenta el pueblo ecuatoriano; naturalmente, la movilidad social hacia la Costa en crecimiento significaba una nueva dinámica que obligaba a romper las fronteras interregionales, por lo que decide centrarse en los serranos y los inconvenientes en un nuevo entorno.
Luego de las penurias en el trabajo de campo, don Velásquez le encarga a Salvador la tienda ubicada en la hacienda con una paga muy atractiva: "Con verdadero tesón trabajaba Salvador, y demostró una rara aptitud para el negocio en él encomendado" (Martínez 2010, 167). Este talento, aparentemente nuevo, dista por completo de su intento de realizar la misma actividad en su tierra natal, de este modo se dilucida un mapa ideológico polarizado (Villanueva y Almagro 2022, 180), el discurso analizado da a entender que Salvador se ubica dentro del polo liberal. El cambio se evidencia con más claridad si se considera la situación del protagonista dentro del mismo ámbito, pero en distinto bando: "Fui revolucionario, mayordomo de hacienda, comerciante y nunca encontré en estas profesiones ni lo más indispensable" (Martínez 2010, 109). El mensaje de éxito económico liberal es enunciado de forma tan propagandística, que deja dudas de la dimensión literaria de la novela de Martínez frente al espectro político que lo envuelve.
También llama la atención el adjetivo de raro que el escritor decide poner a las habilidades de su protagonista; puede tratarse de un simple agujero en el guion o la ausencia de justificación se aprecia como la forma de representar el desarrollo económico y augurar un porvenir más optimista para el país. Las aspiraciones de Martínez respecto al progreso del Ecuador quedan en eso, su prematura muerte en 1909 no le permite ser testigo del fruto de las reformas alfaristas, puesto que, gracias a la influencia aún presente de poderosos conservadores, los cambios tardaron años en concretarse (Clark 2005, 88).
Recapitulando, el discurso liberal de Salvador se enuncia, paulatinamente, desde su llegada a la hacienda El Bejucal, las relaciones que cimentó allí y sus actividades laborales. En cada paso, Martínez impregna en su protagonista la esencia de su perspectiva de la ideología liberal, la misma que se alimenta de su actividad intelectual y política (Rocha 2017, 162). Ahora bien, cuando se habla de ideología, es improbable no toparse con teóricos contemporáneos y sus ideas sobre la superación de este concepto. En el artículo sobre la entrevista entre Bourdieu y Eagleton (1991, 221), se habla de que una ideología no puede llamarse de esa manera porque las ideas son internalizadas por el sujeto sin ningún tipo de cuestionamiento. Bourdieu prefiere hablar de la doxa para referirse al sistema de ideas asumido por el individuo y otorgado bajo su propio contexto. La transpolación de este concepto a la novela estudiada arroja un intercalamiento entre la consciencia de Salvador respecto a su ideología: en los dos polos, tanto en el conservador como en el liberal, no demuestra algún tipo de lucidez respecto a actitudes y acciones que lo ubican en una posición ideológico-política o en otra, las experiencias y discursos que lo atraviesan se encargan de lograr esta transformación en su manera de pensar; sin embargo, en su etapa anarquista, al mencionar esta palabra, pone en tela de juicio la inconsciencia sobre su sistema de ideas que aparentemente pregona en el resto de la novela.
Si bien la muerte del personaje no forma parte de su transición ideológica, hay elementos que inciden en esta, por lo que es menester tratarla con el propósito de no proliferar antinomias en el cuerpo del análisis propuesto. A lo largo de la novela hay guiños o indicios que hablan acerca de una probable muerte de Salvador, que al final sí ocurre. Ya en la hacienda, se enferma en dos ocasiones, siendo la última la más grave: "Salvador, apenas convaleciente de la perniciosa, cayó, pues, con otra fiebre más terrible; la tifus, que rara vez perdona al enfermo" (Martínez 2010, 157). Y al final su muerte es producida por una polineuritis palúdica de carácter agudo, lo que envuelve a Martínez en un vaivén de indecisión respecto al destino de su protagonista. Con esto en mente, la incógnita es: ¿por qué si Salvador representa la transición hacia un nuevo pensamiento político muere al final de la historia? El estudio de los mecanismos de expresión discursivos del personaje muestra una metamorfosis ideológica; su adaptación y prosperidad, dentro del mensaje político, configuran dos muestras de esta faceta liberal. No obstante, la nostalgia de Salvador respecto a su madre y a su pasado, que, aunque breve, se encuentra presente, señala vestigios de su pasado conservador. Por lo tanto, su muerte puede significar la muerte de la sociedad tradicional y conservadora que no encuentra más cabida en un país encaminado a una nueva forma de pensar. Este mensaje puede considerarse radical, pero cobra más sentido debido a la sintonía con la visión de Martínez sobre el conservadurismo que se caracteriza por los vituperios constantes que plasma en la primera parte de su novela.
Este trabajo representó un exhaustivo esfuerzo por describir la transición ideológica del protagonista de A la Costa y establecer la conexión que produce Luis A. Martínez con el contexto del pueblo ecuatoriano en esa época. La clave de dicha empresa fue el discurso, cuyos mecanismos de expresión consistieron en actitudes y acciones que marcaron el camino que llevó a Salvador de ser conservador a ser liberal, según la perspectiva del autor. Como se mencionó anteriormente, los trabajos que analizan esta novela giran en torno a la migración y ejes temáticos relacionados al mismo fenómeno. Por tal motivo, antes que una comparación minuciosa del cambio evidenciado en el personaje principal, este apartado pretende destacar algunas afinidades y discrepancias en relación a otros estudios.
La investigadora que más ha estudiado en las últimas décadas esta obra es Emmanuelle Sinardet (1998, 305), quien, en primera instancia, propone, de A la Costa, una lectura reflexiva y del sentido de la vida por las temáticas que aborda; asimismo sostiene que esta se caracteriza por una escritura autobiográfica, enriquecida de profundidad emocional. Hasta cierto punto, apela a la ya conocida esencia romántica que hereda Martínez; sin embargo, el tipo de lectura propuesta margina el contexto en que fue producida la obra. La teoría que usó este trabajo sobre la relación historia-literatura y el propio contexto del Ecuador a finales del siglo XIX e inicios del XX permitieron entender con mayor profundidad la obra como un testimonio de la época, que aparte del mensaje político dilucida junto al protagonista el panorama tan polarizado por la pugna entre conservadores y liberales. Por otra parte, tampoco se puede considerar una narración autobiográfica porque no existe una proyección del autor en su protagonista o en algún otro personaje. Es cierto que usa sus propias experiencias para construir la trama y los escenarios, pero esta práctica no es nada particular para un escritor, sin mencionar que, al carácter ficcional propio de una obra literaria, se le agrega la intencionalidad del mensaje político liberal. Cabe resaltar también que estudiar a fondo la transición del protagonista arrojó una mirada más amplia al contexto nacional que al contexto de Martínez, esto sin necesidad de recurrir al fenómeno migratorio, demostrando que es una parte elemental, mas no la totalidad de la obra.
El trabajo de Fernando Iturburu (2007, 597) explora la sexualidad disidente del protagonista y su amigo Luciano, por esa razón, atribuye las cualidades físicas de Salvador a una feminidad escondida, mientras que de Luciano destaca su robustez y masculinidad. Este trabajo, a través de la categoría política que envuelve casi en su totalidad a la obra, encontró que la debilidad, palidez y cualquier otra característica de la misma naturaleza, Martínez la utiliza para resaltar en su protagonista la ideología política equivocada. Esto se observa con mayor claridad al revisar el contraste con un Salvador ya adaptado a las condiciones de la Costa, en donde adquiere habilidad para el campo y un carácter impetuoso para lidiar con los problemas. Las cualidades de Luciano podrían tener mayor avenencia con su ideología política liberal, pues la robustez es también mencionada en don Velásquez; ambos personajes se erigen como un ideal que ofrecen ayuda a Salvador y, de forma representativa, al pueblo ecuatoriano. La semilla de la duda que siembra Iturburu sobre la verdadera relación entre Salvador y Luciano no puede descartarse porque los prejuicios sociales de la época no permitían hablar abiertamente de sexualidades disidentes. Aun así, es difícil apoyar el punto del investigador porque la biografía de Luis A. Martínez no ofrece algún indicio de interés por escribir sobre el tema. Además, al ser esta su única novela, no existe el corpus necesario para un análisis más completo.
En su análisis, Flores y Zalamea (2011, 45) sostienen que Martínez crea un reflejo exitoso de su realidad, de ese modo, las experiencias que atraviesa Salvador en la Costa son producto de precarias condiciones laborales en el trabajo relativas a la siembra y cosecha de cacao. Ahora bien, el enfoque de este trabajo que analiza detalladamente la transición ideológica y la mira desde una perspectiva holística, permite ver las duras y crudas condiciones de trabajo de campo como parte del período de adaptación del serrano a un ambiente nuevo para él. Martínez establece a El Bejucal como un espacio de reparación y renovación para su protagonista; ahí, aunque sufre algunas penurias, logra desarrollar vínculos afectivos, y de la mano de una ideología política nueva para sí mismo, prospera en el ámbito económico. Otro punto cuestionable en el trabajo de Flores y Zalamea (56) es considerar que el liberalismo en la obra "llega y destruye la integridad de una sociedad marcada por costumbres y tradiciones". Dicha afirmación es bastante desacertada, puesto que Martínez plantea el liberalismo como un camino de desarrollo y prosperidad para el protagonista y para la sociedad ecuatoriana. Si bien es un disruptor en las bases de la vieja sociedad de costumbres, este autor vende la revolución y la actividad económica cacaotera como necesaria para el progreso del país.
Respecto a Salvador, Flores y Zalamea (45) aseveran que se trata de una representación de la juventud clasemediera que busca únicamente el bienestar familiar. Sin embargo, este trabajo encontró que el joven quiteño representa a todo el pueblo ecuatoriano de la época por el contexto en que es producida y por la misma transición ideológica que estructura la trama. La producción y publicación de la novela se da en los primeros años del gobierno liberal, que se caracterizaron por la reforma en las bases ideológicas del pueblo; por tanto, el proponer este personaje y adecuarlo a un mensaje político, construye una representación o proyección del pueblo sobre este. Además, hay otros puntos que apoyan esta idea: está la referencia encontrada a la memoria social que conjura Salvador al recordar guerras pasadas, lo que hace eco a una identidad nacional; por otro lado, se encuentra también la paulatinidad de la transición del personaje que se acopla a la misma naturaleza del cambio en el pueblo, pues las reformas liberales no rindieron frutos duraderos hasta muchos años después de que el conflicto estallara.
Para finalizar, en uno de sus trabajos más recientes, Sinardet (2021, 27) advierte la dificultad para clasificar una novela como A la Costa; destaca varias corrientes literarias que dan vida a la obra a las que se añade la importancia el rubro histórico-político que se rescató al analizar el cambio en la ideología del protagonista. Más que un punto de discusión, se destaca la concomitancia en los esfuerzos por no perpetuar el encasillamiento de la obra al fenómeno migratorio, puesto que, si bien este es el soporte de la trama, su estudio se vuelve limitado y tautológico. Asimismo, cabe destacar la importancia que tuvo el contexto del autor para el enriquecimiento del estudio, ya que se pudo obtener muestras de su escritura que reflejan experiencias propias. Hay dos puntos más de concordancia entre este análisis y el de Sinardet (27): el primero es que la muerte de Salvador compone la muerte de la vieja sociedad conservadora, ella lo denomina determinismo biológico por la falta de mecanismos de reproducción, una postura radical que este trabajo le atañe a la escritura política a favor de la ideología que defiende el autor; el segundo es el plano ideológico polarizado que habita el protagonista que, como se vio en este estudio, se vuelve rastreable a través de su discurso. Además, queda abierto el debate sobre el concepto más acertado en torno a la ideología cuya competencia es el concepto bourdieuano de doxa.
Con relación a la convivencia entre serranos y costeños que incide en la transición de Salvador, Sinardet lo atribuye a arquetipos costumbristas propios de la naturaleza en la que habitan (27). Para este análisis no se puede hablar de arquetipos per se debido a la presencia de personajes costeños como Fajardo y don Velásquez que no pueden agruparse bajo un mismo manto identitario. Este espacio de convergencia cultural forma parte de la premisa antirregionalista de su autor, pues no hay solo muestras de comportamiento errático, también se forjan vínculos entre personajes que habitan ambas regiones y mezclan la idiosincrasia de cada uno para augurar las esperanzas en el idealismo de Martínez por un país que mejore de la mano de la política liberal.
El análisis de la representación de la transición ideológica y política del pueblo ecuatoriano en el protagonista de A la Costa, de Luis Alfredo Martínez, ha permitido comprobar una visión sobre Salvador Ramírez que involucra evolución en el personaje, tanto desde la ideología como desde su mecanismo de expresión. De esta manera, el autor puso en su protagonista su propio pensamiento liberal, las tensiones que tenía en relación con la Iglesia y el Estado y el cuestionamiento hacia el conservadurismo. A lo largo de toda la novela se puede ver una transición paulatina en la que Salvador pasa de ser conservador a una etapa de anarquismo, para finalmente coronarse como liberal. Ahora bien, en cuanto a la representación del pueblo ecuatoriano en el personaje principal de la obra, esto se puede ver en distintos momentos de la construcción narrativa configurada desde los sucesos históricos y que a su vez consolidan una memoria colectiva que es social y política.
Sobre esto último, es posible entrever una visión liberal idealizada de Martínez que no corresponde con los efectos reales que surgieron a partir de las reformas alfaristas, puesto que estas se consolidaron años más tarde de la aparición de esta novela. En este punto vale recalcar que la visión del autor exponía al conservadurismo como el antagonista del progreso nacional, lo que puede verse reflejado en el discurso conservadurista que atravesó a su personaje en la primera parte de la novela.
En esta línea, se ha descrito el cambio ideológico de Salvador Ramírez por medio de su discurso; en otras palabras, mediante lo que dice y hace el personaje, de modo que se ve confluir su pensamiento político en sus acciones. En principio se puede observar un discurso propio del conservadurismo que se expresa desde la caracterización física de Salvador, que resulta débil y enfermiza. Esto incluye una crítica hacia la educación que proviene de una relación entre Estado e Iglesia y hacia la actitud sumisa frente a las órdenes que le dan sus padres y que involucran el control total de su persona, incluso de las amistades que tiene, como lo sería su amigo Luciano.
Siguiendo de cerca su transición ideológica se puede ver que Salvador llega a un punto de quiebre en su relación con el conservadurismo, por lo que pasa por un período breve de anarquía, antes de cruzar el umbral del pensamiento liberal. En esta etapa de anarquismo, el protagonista adquiere una naturaleza rebelde donde despotrica de la ideología que le inculcaron desde la niñez y de sus representantes y que emerge de las vivencias de la guerra. En este punto, se ve abierta la discusión de esta nueva perspectiva del personaje en la que se da el fenómeno de la doxa bourdieuana, de modo que internaliza el anarquismo que está brotando de sí.
La transición se completa cuando Salvador se entrega al discurso liberal de la época y que está relacionado, a su vez, con su lugar en la hacienda El Bejucal. El contexto histórico del Ecuador a finales del siglo XIX y principios del XX no solo rodea y construye la historia de A la Costa, también se ve encarnado, dentro del aspecto ideológico-político, en el personaje. Asimismo, esta parte de la novela se ve totalmente eclipsada por el pensamiento de Martínez que se encamina a defender los cambios del nuevo gobierno.