Esta obra presenta un panorama de la historia de la educación y de la ciencia en un período de larga duración, en el que se sitúan procesos de reformas educativas y de innovación científica, con alcances limitados dentro de diversos contextos de la vida republicana, trazados por el conflicto o la crisis política y económica. Su contenido se organiza en cinco capítulos que reflejan ciertas tensiones entre los impulsos de modernidad educativa y la tradición de la larga data. Milton Luna, editor de la obra y autor del primer capítulo, "Los ideales republicanos, las colonialidades y la educación, 1820-1940", asume el enfoque de la colonialidad que, ciertamente, marca el sentido de las preguntas con las cuales interpela el pasado desde una mirada presentista, propia de la epistemología y de una postura política inmersa en su discurso, consecuente con su enfoque elegido para un análisis crítico.
Desde ese locus, el autor expone una suerte de balance de la historia de la educación y de la ciencia en el que resalta ciertas iniciativas de progreso que se estancan siempre por la continuidad de estructuras coloniales en la República. En su análisis se observa que la Modernidad se configuró sobre todo mediante procesos modernizadores o como simples "destellos" que, observados con retrospectiva en larga duración, le permiten concluir en un estado deplorable y permanente de la educación pública, dada la situación miserable de las escuelas que revelan el fracaso del sistema educativo en el Ecuador, producto histórico de un Estado débil.
En ese marco interpretativo, se identifica una postura política de distancia crítico-negativa de los resultados de las reformas educativas, en especial de aquellas establecidas durante el régimen liberal alfarista, visión que se expresa en las marcas del discurso que omiten los cambios producidos en la educación y en la innovación científica en dicho período. En este sentido, el diálogo con varios aportes de la historiografía ecuatoriana es limitado. No obstante, se formulan preguntas que abren el camino hacia una exploración más profunda de las brechas del papel del Estado y los municipios en la cobertura y las políticas educativas para las ciudades principales y hacia el campo; los métodos pedagógicos y la inversión en la educación en relación con el gasto público en la milicia presentado en cifras del siglo XIX.
El primer capítulo concluye con el aporte de las reformas julianas en la educación, gracias a una mayor inclusión de "grupos subalternos". Pero lejos del enfoque de la colonialidad, llama la atención que se valore el rol de las iniciativas de empresarios-terratenientes en cuanto al establecimiento de escuelas en los fundos de la industria textil. Esta funcionalización de la "república de indios", implícita en los proyectos de modernización educativa y de la nación, carece de una perspectiva crítica.
En los siguientes capítulos, el enfoque de la colonialidad no es explícito. Sin embargo, comparten una dimensión común que se refiere a las tensiones existentes entre las iniciativas modernizantes de la educación, la ciencia y la tecnología y las barreras hacia el logro del progreso, visto como un ideal concreto en las propuestas de reformas y proyectos, en varios períodos. Dos capítulos se sitúan en el período de los gobiernos del progresismo (1883-1895), y, luego de un salto temporal del liberalismo, dos capítulos abordan el marco de las reformas julianas y las iniciativas de la industria textil en la Sierra centro-norte, entre 1925 y 1940. En ellos se identifican ideas y nociones de modernidad en discursos de época, escritos en varias fuentes de prensa, publicaciones de libros, anales, boletines e informes ministeriales, entre otros. La modernidad se asocia a conceptos tales como: progreso, adelanto, civilización, razón, ilustración; en tanto que la colonialidad se relaciona con tradición, atraso, empirismo, precariedad, superstición y barbarie.
El capítulo intitulado "Los 'castillos en el aire' de Luis Sodiro: Universidad, Estado y terratenientes en la agricultura experimental del Ecuador del siglo XIX", de las autoras Ana Sevilla y Elisa Sevilla en coautoría con Alexis Medina, presenta un tema original que devela el pensamiento de este científico, jesuita italiano, quien a fines del siglo XIX cumplió un rol visionario respecto a la potencialidad de la agricultura en el Ecuador como fuente de riqueza para el crecimiento económico, dadas las ventajas de las características naturales del clima y la fertilidad de la tierra. Se centra en la iniciativa de creación de la Escuela de Agricultura (1883) para el estudio de las ciencias físicas y naturales, teórico y práctico de la agricultura, fundado con el modelo chileno de la Quinta Normal de Agricultura, que en la segunda mitad del siglo XX había rendido frutos en cuanto a la tecnificación de la agricultura.
Los "castillos en el aire" revelan la frustración de Sodiro ante la negación de los gobiernos, en su momento progresistas, de invertir en una finca experimental para la formación práctica de la agricultura. El científico jesuita consideraba que la enseñanza científica y tecnológica de la agricultura constituía el modo de superar el empirismo de la población indígena en las labores agrícolas, pues encontraba un retraso en sus formas de producción, tal como al arado de la tierra "arcaico", contrario al progreso moderno. En esta medida, el análisis del discurso de Sodiro revela rasgos de racismo. Sin embargo, la dimensión crítica de las ideologías raciales no ocupa un lugar central en el análisis ni tampoco se profundiza en la visión de Sodiro acerca de la inestabilidad política en el Ecuador como obstáculo del crecimiento económico. Se privilegia su relación científica con la experiencia chilena y abre una línea de investigación relacionada con la red tejida por este científico jesuita con sus pares de Chile que valdría una mayor exploración.
Dentro del marco del progresismo, el capítulo "La conformación ideológica del progresismo (1884-1895) y su influencia en la construcción de vías férreas: acuerdos y redes familiares-clientelares", de Nicolás Zapata Sánchez, se aproxima desde una base filosófico-conceptual a la ideología del progreso y su relación con el sentido práctico en la construcción de obras durante el período denominado por la historiografía como "el progresismo". El autor propone un análisis que fuese capaz de superar la división polarizada entre liberales y conservadores para situar "una facción política" progresista representada por José María Plácido Caamaño y subsiguientes gobiernos, además de otras figuras prominentes que conformarían una élite ilustrada, gracias a un nivel intelectual importante para el avance de la educación, la ciencia y la tecnología. Este estudio se aproxima al tejido de una red clientelar y familiar de actores privilegiados en la participación de las obras de los gobiernos progresistas, a través de contratos y concesiones para la construcción de vías del ferrocarril, así como cargos públicos y funciones en empresas privadas y en la banca, entre otros. Se alude a la educación en el marco de la reflexión filosófica, aunque queda pendiente la aproximación histórica de la influencia de la élite ilustrada en el ámbito educativo y científico asociada con el proyecto de nación en este período.
En el capítulo "Luis Napoleón Dillon y la fábrica La Internacional: un proyecto industrial en la ciudad de Quito", Sebastián Luna expone un estudio de caso de esta fábrica, emblemática como proyecto industrial que aglutinó las expectativas del desarrollo de este campo productivo. Aborda las condiciones de los proyectos de industrialización de inicios del siglo XX que atravesaron ciertos obstáculos por estructuras tradicionales resistentes al fomento de la industria. Una primera parte del capítulo destaca el rol de Dillon, figura pública y polifacética, pionero de la industria textil. Su pensamiento se enfoca en etapas de crecimiento industrial de larga duración evolutiva hasta llegar a la gran producción fabril, mediante la descentralización productiva en el territorio con el horizonte de limitar las importaciones, según las leyes del liberalismo económico. Este capítulo refiere también a ciertas formas de producción del sistema de hacienda, aun con rezagos de colonialidad, y abre la indagación acerca del pensamiento de intelectuales, políticos y empresarios sobre la ciencia y la tecnología; pero deja en suspenso el análisis del sistema educativo que, desde la perspectiva abordada por el autor, se relacionaría con la formación de competencias para la industria.
Finalmente, en "Proteccionismo industrial ecuatoriano: El proyecto del Ministerio de Previsión Social 1925-1938", Alejandro López elige el período de entreguerras, caracterizado por la crisis económica ante la caída de los precios y de las exportaciones del cacao, entre otros, y el impacto social evidenciado en la masacre obrera de 1922. En este sentido, se presentan, a manera de un estado del arte, procesos políticos, económicos y sociales con efectos generales en la región latinoamericana por la recesión económica a partir de 1929. El autor sitúa en este marco las medidas concretas del Estado ecuatoriano, a través del rol del Ministerio de Previsión Social, de Protección de las Industrias y de Asistencia Social. Atribuye también un rol pionero a Luis Napoleón Dillon y otras figuras políticas en un proyecto de gobierno -los gobiernos julianos- en la modernización de las formas de producción, alejadas de los vínculos "con el pasado obrajero" de la Sierra. Analiza discursos que combinaban "elementos tecnológicos innovadores y formas de trabajo de tradición colonial". La modernización en la educación se encuentra en la mirada de los industriales sobre la población indígena, conforme a la cual requerían alcanzar un grado de civilidad. En esa línea se citan iniciativas en el Congreso de la República para crear escuelas, que habrían quedado en proyectos irrealizados. El capítulo anexa una lista de fábricas en Ecuador en 1935, sus propietarios y lugares fruto del rastreo del autor en el archivo del Ministerio de Previsión Social.
A lo largo de la obra se revisitan períodos abordados desde la historia social y política, a manera de marcos en los cuales la educación y la ciencia atravesaron avatares. Si bien se identifican algunas iniciativas de cambio y reformas, alentadas por actores sociales y políticos, en varios capítulos la mirada se desliza hacia el protagonismo de individuos particulares, figuras políticas, empresariales y terratenientes, sin mayor perspectiva crítica de formas de colonialidad desde el rol del Estado, los gobiernos y grupos de poder local y regional. En tal sentido, la perspectiva de la obra podía apoyarse en un mayor diálogo con otros autores de la historia de la educación, que permitiría ciertos matices acerca de los resultados obtenidos por las iniciativas de cambio y sus alcances en diferentes momentos del análisis. La selección de los períodos de estudio deja una sensación de ausencia de mayor proximidad a la época liberal.