La ciudad y los otros. Quito 1860-1940. Higienismo, ornato y policía, lo mismo que otros libros de Eduardo Kingman Garcés, se ocupa principalmente de una ciudad, la capital de Ecuador, pero participa con legitimidad y autoridad de un ejercicio de comprensión histórica sobre las ciudades latinoamericanas en una perspectiva y período amplios. No hay en este autor una voluntad comparativa o un abordaje sobre un abanico amplio de ciudades, pero su ámbito específico de estudio se extiende por círculos sucesivos que enriquecen y complejizan sus investigaciones.
La primera extensión se da sobre otras ciudades ecuatorianas, sobre todo las más grandes: Guayaquil y Cuenca. En un segundo círculo inserta a Quito entre las "ciudades andinas", una operación que no es solo geográfica ni automática, sino producto de muchas otras investigaciones y exploraciones en su trayectoria, 1 y de una reflexión que las entiende, también históricamente, "como resultado de las estrategias coloniales de control territorial y administración de las poblaciones indígenas" (p. 39). En el tercer círculo establece con claridad sus implicaciones latinoamericanas, sobre todo por sus lecturas de la historiografía producida en otros países, pero también por la caracterización compartida que hace sobre las ciudades coloniales y las del siglo XIX, "fuertemente corporativas, estamentales y jerárquicas", por su carácter de ciudades "señoriales" (p. 39).
Pensar en conjunto las ciudades del imperio español en América ha sido algo natural para la historiografía, 2 pero no resulta sencillo hacerlo conforme se transita por los marcos nacionales del siglo XIX y más allá. En una revisión sobre la historiografía urbana en América Latina expresé que el trabajo de Kingman se cuenta entre un grupo no muy grande de autores que se han propuesto ese ejercicio de comprensión histórica sobre las ciudades latinoamericanas en una perspectiva de conjunto y en un período amplio. 3
Estamos lejos de esa simulación latinoamericanista que se ha vuelto común, según la cual el subcontinente aparece en los títulos de libros y artículos como estrategia para llamar la atención sobre lo que en realidad se refiere a estudios particulares, cuando no parroquianos. Al contrario, detrás de su modesto título por su circunscripción a lo quiteño, hay en este libro un genuino interés por pensar lo andino y lo latinoamericano, y una solidez de resultados que ha atraído a muchos lectores, lo que por cierto resulta alentador respecto a la enorme necesidad de pensar en América Latina problemas comunes, plantear preguntas en conjunto, fomentar mejores redes y un diálogo más franco, auténtico y efectivo.
Si al Kingman antropólogo le interesan los problemas actuales de lo andino, entre ellos los urbanos, una de sus reivindicaciones centrales es la de situarlos en perspectiva histórica, llamando la atención sobre una incomodidad -que compartimos- 4 respecto a que las ciencias sociales, y no solo en los Andes, tienen una preocupación excesiva por las "urgencias del presente", que les impiden entender los diferentes planos, las distintas capas, las profundas continuidades -por ejemplo, en la cultura política y en los imaginarios que condicionan "el funcionamiento de la vida social" (pp. 37-38)-, las maneras de utilizar los espacios y las actividades que se desarrollan en la ciudad.
Respecto a la historiografía urbana, puede proponerse que en las últimas tres o cuatro décadas ha habido una pregunta vertebral, que además corre en paralelo a las de las ciencias sociales: explicar el paso de las ciudades del mundo colonial, del "antiguo régimen", al siglo XX, y de ahí a las de la masificación; es decir, entender el desarrollo del capitalismo. Eduardo Kingman ha participado activa y sistemáticamente en este debate. En 1987 publicó Las ciudades en la transición al capitalismo, un pequeño libro cuyo título expresa el fondo de sus primeras pesquisas, que ha mantenido y madurado a lo largo de más de treinta años. 5
En La ciudad y los otros, el autor se interesa por estudiar procesos de gran calado desde la perspectiva espacial, los "dispositivos urbanos de administración de las poblaciones", los "recursos de representación y de organización de lo social" (p. 37). En ese sentido, es una historia urbana, una historia de procesos leídos en la ciudad y de la propia ciudad. No es una historia urbana que piensa la ciudad como artefacto físico, al menos no a la manera de los urbanistas o los arquitectos. "Es probable que los orígenes de nuestra modernidad urbana -afirma- no deban buscarse tanto en el desarrollo urbanístico y arquitectónico, o en la ampliación de las posibilidades de consumo cultural de las élites, como en los cambios que se produjeron en las relaciones de trabajo", en el desarrollo de nuevos dispositivos de disciplina-miento (p. 341). Por ello la suya es, como ha enfatizado, una historia social urbana, pero que no se deja ceñir, que entiende y estudia en todo momento las complejidades de lo urbano y las intrincadas conexiones entre lo económico, político, social y cultural. 6
El proceso histórico urbano que le interesa estudiar en La ciudad y los otros, dicho en sus propias palabras, es el de "transición de la ciudad señorial a la de la primera modernidad", explicar "nuestra modernidad urbana". Como aquí se insiste, la pregunta es compartida por muchos, aunque varían las formas en que se formula. Su idea de ciudad recuerda a la de José Luis Romero, su especificidad y la de su estudio estaría dada por ser una forma de vida histórica: 7 está interesado en "la ciudad producida por los hombres, pero también por el papel jugado por las ciudades en la producción y reproducción de la condición humana" (p. 37). A diferencia de aquel, este pone el acento en los dispositivos urbanos de administración de las poblaciones, apoyado de cerca por una lectura atenta y crítica de Michel Foucault.
Su periodización es amplia, flexible. En el título del libro marca 18601940, pero a veces puede ser la de un largo siglo XIX, otras la de 1870-1970 (por ejemplo, cuando acude a los recuerdos de entrevistados, en cuya memoria se intercalan temporalidades), y desde otra lectura cubre buena parte del trayecto colonial en su noción de "ciudad señorial" (emparentada pero distinta a las categorías formuladas por José Luis Romero). 8 El punto de partida fue esa ciudad patriarcal, de antiguo régimen, barroca. El punto de llegada -difuso, como el de origen-, es una ciudad "de la primera modernidad". La indefinición no está dada por el historiador, sino por lo que encuentra: la convivencia de la tradición y la modernidad, juegos de fuerzas, una larga continuidad de expresiones barrocas -la religiosidad entre otras-, la disputa entre los valores de la modernidad y otros "provenientes del mundo no moderno". Pero en esos vaivenes había también cambios más firmes, cambios en las formas de gobernabilidad, en los sistemas de representación del otro. En pocas palabras, el manejo de la ciudad fue pasando de manos de la sociedad, a través de sus corporaciones, "a las de organismos estatales cada vez más especializados" (pp. 339 y 344).
El crecimiento demográfico y el cambio urbano y económico son enfocados en este libro desde un nivel que frecuentamos poco los historiadores urbanos (con la excepción acaso de los arquitectos e historiadores del arte que, sin embargo, lo leen en otro sentido), el de la casa, conectando preguntas sobre lo público y lo privado con las de la economía, para ver la conformación de las familias, la distribución de los espacios domésticos, los modos y aspiraciones de vida, el trabajo en forma de servidumbre y los oficios.
En términos espaciales, el autor se mueve con soltura de lo regional a lo doméstico. En una suerte de juego de escalas, observa formas sociales y económicas fundamentales del funcionamiento de la ciudad, y en esa medida propone las razones y los momentos de transición. Relaciona, así, el cambio en la tenencia de la tierra, las políticas liberales y el impacto del ferrocarril (tres temas básicos del análisis urbano) para articular una caracterización de largo aliento. Muestra el caso, por ejemplo, de las niñas que eran recibidas en las casas de la élite quiteña, como parte "de las estrategias de reproducción de las familias campesinas, a la vez que constituía un medio de aprendizaje de una cultura de ciudad" (p. 240). En ese sentido la servidumbre se integraba a una familia en calidad de "propios". Esas condiciones de "reciprocidad asimétrica" no desaparecieron, como le informan al autor algunos entrevistados, pero sí convivieron con situaciones distintas que expresaban los cambios económicos y urbanos que ocurrían: una mayor presencia de personas en la ciudad en busca de trabajo, una demanda creciente de empleadas de servicio por las clases medias, y con ello, "una tendencia de esas trabajadoras a vivir de manera independiente y a cambiar de empleo de manera cada vez más libre" (pp. 240 y 242).
Quito no era propiamente una ciudad industrial, como no lo fueron muchas otras ni en América Latina ni en Europa o Estados Unidos, 9 pero a partir del último tercio del siglo XIX ocurrieron cambios en su espacio popular urbano. Quito es, de hecho, una ciudad que reviste interés historiográfico en varios sentidos, entre otros porque al tiempo que ocupa un lugar entre las grandes ciudades, en su calidad de capital nacional, durante el siglo XIX y los primeros años del XX se asemejaba más a una de las ciudades secundarias del Ecuador por su tamaño, con 50 a 75 mil habitantes, según algunos cálculos.
Lo importante en este caso es que Kingman documenta el dinamismo de esta ciudad no industrial (y por extensión de algunas otras que pueden pensarse en paraleo), cuyo comercio mostró desde la mitad del siglo XIX una vitalidad que se acentuó con la llegada del ferrocarril -en 1908-, generándose un encadenamiento que el autor sigue con mucho olfato, entre la gente, las mercancías y las ideas que llegaban, las nuevas actividades, los nuevos actores, los nuevos artesanos y las nuevas maneras de organización que trataban de romper con la verticalidad y normatividad de los gremios. La ampliación de las actividades comerciales bajo signos de mayor informalidad y mayor libertad hicieron más notorio el comercio en las calles y mantuvieron la coexistencia de actividades productivas en las, de por sí, estrechas habitaciones, todo lo cual, por cierto, podría seguirse de manera fascinante a través de fotografías, que aquí se utilizan menos serialmente.
Preguntarse qué era una ciudad y qué se entendía por lo urbano para el siglo XIX latinoamericano es un pendiente principal de la historiografía especializada. Al respecto, hay en Kingman contribuciones notables para abrir esa brecha, algunas de las cuales merecen revisarse y trabajarse cuidadosamente. Identifica, por ejemplo, que las élites construyeron un sistema de oposiciones binarias respecto a la ciudad; que su adopción de prácticas culturales "modernas" marcó distinciones respecto a lo no moderno, por la cual tendieron a diferenciar a la ciudad como oposición al mundo rural; la ciudad capital opuesta a las pequeñas ciudades; la ciudad central respecto a sus arrabales y barrios. Se trata de ideas de ciudad que nos han llegado casi intactas muchas décadas después en toda América Latina y que, en la sintonía de otros autores, va tratando de desmontar. Además, muestra que las ciudades estaban fuertemente imbricadas a la economía agraria, que sus rentas -al menos en Quito- provenían principalmente del campo, que sus habitantes tenían fuertes vínculos con el agro y, un elemento fundamental para entender las ciudades latinoamericanas del siglo XIX, que su importancia no se medía y no debe medirse solo en términos demográficos, sino por su capacidad para centralizar funciones.
Está claro que todo el aparato teórico de Kingman está construido desde las teorías críticas de la modernidad, y que recurre a una variedad muy amplia de armas provistas por la antropología -su área de formación inicial-, de la filosofía, la sociología, la ciencia política, la historia y, en menor medida, de la economía. Lo anterior es particularmente valioso, porque está en la búsqueda de ese difícil punto medio, entre el exceso de empirismo o de teoría. Los historiadores solemos inclinarnos hacia lo primero; él, acaso, hacia lo segundo, lo que abre posibilidades adicionales de evaluación y discusión.
En la generación a la que pertenece Kingman, aquella que ha escrito a partir de la década de 1980, el estudio de lo urbano y de muchos otros procesos políticos, económicos, sociales y culturales se han leído en clave de tradición/modernidad, o, para decirlo en sus palabras, su punto de partida teórico "son las reflexiones de Marx, Weber y Elias sobre los procesos de transición a la sociedad moderna" (p. 54). Kingman sabe, como muchos otros, "que el problema de la transición es mucho más rico y complejo de lo que parecía cuando se inició este debate", y abona consistentemente en pasos que le permiten desmarcarse de la dualidad, pensando, por ejemplo, en una "modernización tradicional", en "varias modernidades que entran en juego con procesos culturales diversos" (p. 44) o, con Bolívar Echeverría, en una "modernidad alternativa".
Es cierto que Kingman denuncia en las aspiraciones de modernización en Quito bases para generar "prácticas de exclusión" y "criterios clasistas, conducentes a ejercer formas de colonialismo interno" (55). A pesar de todo lo anterior, no deja de haber contradicciones y se antoja necesario buscar marcos interpretativos distintos, miradores y rutas diferentes. Estamos de acuerdo en que la idea de "el proceso de la civilización" o la de "modernidad" son conceptos instrumentales útiles para describir, para abstraer un conjunto de comportamientos, valores y procesos económicos o políticos, para estudiar cambios, pero no dejan de tener una carga entre lo positivo y lo negativo, no ocultan un sentido lineal de lo histórico o un sentimiento de imitación e inferioridad cuando se estudia por fuera de modelos europeos, que aun combatiéndose, aparecen nuevamente. Algunos historiadores urbanos, como Germán Mejía Pavony, han recurrido, por ejemplo, al concepto de ciudad burguesa, aclarando que se corresponde en sus características como en su cronología "a lo que otros estudiosos llaman ciudad moderna". Sin embargo, dice Mejía, "preferimos no usar la denominación de moderna por las implicaciones ideológicas que este concepto tiene, en particular al contener la idea de progreso, de origen liberal". 10
Hay que decir que la revisión de un libro como este no es una tarea sencilla, porque en él se condensa una parte del pensamiento de un autor prolífico que ha dedicado décadas a un trabajo intelectual riguroso y sistemático, pero también porque quedan fuera ideas o planteamientos desarrollados con distintos acentos en otros libros. Por ejemplo, en Los trajines callejeros. Memoria y vida cotidiana. Quito, siglos XIX-XX (2014), subraya la necesidad de dejar de pensar las ciudades ecuatorianas, por extensión las andinas, pero también las latinoamericanas, como "espacios europeos en América", salir del paradigma-prejuicio de comparación con que eran vistas por los extranjeros, desde un campo de visibilidad limitado, y que en buena medida se ha seguido reproduciendo en la historiografía urbana. 11
La ciudad y los otros, y la obra en extenso de Eduardo Kingman, merecen releerse continuamente, discutirse. Constituyen un apoyo muy relevante para estudiar los procesos urbanos del largo siglo XIX, para pensar los problemas urbanos desde nuestro presente y en distintas dimensiones, una de las cuales es la latinoamericana.