Eduardo Kingman Garcés 1
Dos nociones son abordadas en esta breve reflexión sobre el trabajo de Eduardo Kingman Garcés: memoria y patrimonio. Ambas de gran vitalidad en la investigación urbana y el pensamiento social en los Andes, 2 parte del extenso proceso de investigación histórica y antropológica del autor, y que, a mi juicio, son centrales: el ejercicio de teorización y el archivo. En cuanto al primero, el autor sostiene diálogos teóricos pausados, extendidos en el tiempo, por ejemplo, con la estética y poética del peruano José María Arguedas, la aproximación de la teoría crítica hacia la historia planteada por Walter Benjamin, de quien es un prolífico lector, o la teoría social del poder y la biopo-lítica, de la tradición posestructuralista francesa que problematiza desde la experiencia situada y la producción teórica, filosófica y estética de los Andes. 3 Se trata de un entramado conceptual de tres décadas, capaz de brindar nuevas formas de iluminar el pensamiento urbano andino. En cuanto al archivo, Kingman propone pensar desde fragmentos, imágenes, testimonios, documentos y archivos de segundo orden, que aproximan de manera sensible a la agencia de quienes habitaron y habitan los ricos mundos populares urbanos, dando lugar a la formación del barroco popular en la modernidad, 4 y que hoy permiten interpelar narrativas y representaciones dominantes sobre el pasado de nuestras ciudades.
MEMORIA, ARCHIVO Y VIDA COTIDIANA
Sobre los usos de la memoria y su relación con el archivo, Kingman se pregunta si su actual vitalidad en la investigación histórica es suficiente, y si acaso la memoria es "el espacio donde el historiador y el etnógrafo descubren lo que les oculta el archivo o es algo más". 5 De ese modo, plantea su complejidad subjetiva y argumenta que la potencia de la memoria es "su capacidad de irrumpir sobre el presente, incorporando otras voces, otros significados y sentidos". 6 Con esta mirada crítica, problematiza el sentido de la memoria en relación al trabajo histórico. De ahí que proponga pensarla como un campo de fuerzas, un escenario de disputas por la representación: "la memoria constituye un campo de fuerzas, en donde lo que está en juego no es tanto la 'verdad de los hechos' como los sentidos que damos a esos hechos". 7 No basta, pues, recuperar, recoger, rememorar o ampliar la misma noción del archivo y los repositorios de memoria en el presente, sino que es necesario problematizar el sentido de estas acciones y su capacidad para relacionarnos con el pasado:
necesitamos saber qué es lo que hace significativos a determinados hechos, ya sean cuadros de milagros, pinturas de Tigua, relatos de una sociedad de una época, y hacerlo desde un espacio de reflexión y de disputa de significados [...] En este sentido, los estudios sobre las cajoneras, los cuadros de niños muertos, los albañiles, los oficios de la calle, actúan como alegorías, puntos de quiebre o pliegues que nos ayudan a pensar aspectos relacionados con las trayectorias sociales y culturales del Ecuador y los Andes. 8
En la preocupación por el sentido del pasado, la reflexión sobre la nostalgia ha estado presente. Kingman se pregunta: "¿Qué interés puede tener, entonces, acudir a problemáticas que ya no existen o están a punto de dejar de existir? ¿No será que la fuente de nuestro trabajo es la nostalgia? 9 Si en sus primeras contribuciones en torno a la memoria están presentes la mirada nostálgica y el énfasis en la urgencia del registro de aquello que está por desaparecer, el abordaje es luego relativizado a partir de la lectura etnográfica, sobre todo en dos de sus libros: San Roque: indígenas urbanos, seguridad y patrimonio, realizado junto a Abraham Azogue, Erika Bedón, Clorinda Cuminao Rojo, María Augusta Espín y Gina Maldonado (2012), y en Los Trajines Callejeros. Memoria y vida cotidiana Quito, siglos XIX-XX, con Blanca Murato-rio (2014), donde pivotea el sentido de la pérdida e inscribe la memoria en nuevas esferas de sentido. También reconoce que podría pensarse en una escritura "agónica" referida a una época en proceso de desaparición, 10 y nos propone entonces pensar la memoria en términos de su politicidad en un tiempo en que los cambios se están produciendo rápidamente y profundizan la desigualdad; por ejemplo, con relación a la producción social del patrimonio y sus políticas de memoria, como se verá más adelante.
Desde una etnografía de fronteras, en los lugares, calles, barrios, oficios donde está ocurriendo la transformación, Kingman nos invita a politizar la memoria, observar y disputar la fijeza o monumentalización a la que es sometida, así como su vaciamiento o banalización estratégica en proyectos de espectacularización urbana. Afirma que se tiende a convertir la memoria social en patrimonio y a separarla de la vida, lo que llega incluso a producir una suerte de "memoria cínica [...] ya que hace un juego perverso de la memoria social". 11 A contrapelo, articula una noción de memoria crítica, en que los sujetos resisten y disputan el pasado hegemónico desde esferas de relativa autonomía y "desarrollan su propia capacidad de reconstruir la vida y de indignarse, en condiciones adversas". 12
PATRIMONIO, BIOPOLÍTICA Y SEPARACIÓN
El sentido común monumentalista, fuertemente arraigado en la tradición de ciudades como Quito, es interpelado por Kingman, quien observa los modos en que artefactos, prácticas y memorias sociales se seleccionan, jerarquizan y fetichizan hasta escindirse y separarse del mundo de la vida, por vía de su desvanecimiento dentro de nuevos regímenes de visibilidad y sensibilidad. Observa esta operación incluso cuando el propio patrimonio plantea ampliar los repertorios de memoria o incorporar la diversidad desde perspectivas multiculturalistas, como en el caso del patrimonio inmaterial. 13
Desde esta perspectiva, su crítica al patrimonio no puede oponer la noción de patrimonio a la de memoria, o pensar la primera como la mirada institucional al pasado y la segunda como su contracara social. Lejos de esta engañosa dicotomía, Kingman sostiene que memoria y patrimonio se articulan en tanto campos de fuerzas, por ello busca establecer sus relaciones. Su aproximación a la vida cotidiana permite explorar cómo el patrimonio se articula "con el entramado social, la organización y la renovación de la ciudad, el gobierno de poblaciones, las políticas de la memoria y las políticas estéticas que definen los usos de los espacios". 14 En este sentido, entiende que la relación entre lo patrimonial y la gubernamentalidad se formula también en términos de una biopolítica, 15 cuyo efecto es la separación y desplazamiento de poblaciones en los centros históricos. 16
En su trabajo está presente una preocupación constante por la separación, y por las condiciones de posibilidad de un pensamiento desde lo fronterizo. En cierto sentido, hay una búsqueda por encontrar puntos de engarce allí donde la modernidad provoca escisiones, en términos de lo que Rancière planteó como el "reparto de lo sensible", es decir, un "sistema de evidencias sensibles que pone al descubierto al mismo tiempo la existencia de un común y las delimitaciones que definen sus lugares y partes respectivas". 17 En este sentido, Kingman propone "recoger lo que ha sido fragmentado, juntarlo para poder comparar, encontrar puntos de encuentro y de fuga". 18
Esta partición opera para Kingman en el campo patrimonial, por ejemplo, a través de la diferenciación basada en la legitimidad de habitar un determinado espacio, que con frecuencia excluye a los mundos populares e indígenas de la ciudad. Las fronteras étnicas se desdibujan, pero no desaparecen, afirma el autor, son paradójicamente encuentro, proximidad y, al mismo tiempo, choque y violencia. 19 Aún hoy observamos estos umbrales, a modo de un baile en que los cuerpos toman distancia y luego se acercan; parecerían constituir algo común, aunque se rearticulen luego en su propia corporalidad. Estos umbrales, calle, plaza, barrio, mercado, son esferas de encuentro en rápida transformación por efectos del avance de la espectacularización patrimonial.
CIERRE
Al cerrar este breve ejercicio de reflexión sobre el trabajo de Eduardo Kingman, entiendo que pensar su producción académica implicaría articular la sensibilidad como artista y su poética, tal como él mismo observa en el caso de Benjamin o Arguedas, cuestiones que exceden las posibilidades de esta contribución fragmentaria a su trabajo. En esta relación con lo sensible subyace la capacidad de abordar el contrateatro de la memoria. 20 Esta particular mirada estético-política le ha permitido una producción académica comprometida con lo social, que ha llevado a observar las transformaciones en las comunas, las dinámicas de la resistencia étnica en San Roque; comprender los barrios populares como espacios de acogida, de fabricantes de ciudad; los complejos entramados y transformaciones de las identidades étnicas y sociales urbanas; la riqueza y vitalidad de la vida popular, no en oposición a una idea de distinción, sino desde sus esferas de relativa autonomía.
Sus aportes críticos a la memoria, el archivo y el patrimonio forman ya una escuela que ha puesto en valor la historia de la agencia de carpinteros, cajoneras, comunas, clase media, mercados, obreros, diversidades urbanas, albañiles, barrios, panaderos y otros sujetos de la vida urbana. Su generoso trabajo permite comprender cómo los sujetos otros intervienen en la construcción de la modernidad en los Andes a lo largo del siglo XX hasta el presente.
Kingman ha mostrado que, a través de las mutaciones de la cultura popular y su impronta, es posible acercarse también a las transformaciones en los regímenes de sensibilidad y visualidad en la historia: estudiar la ciudad y sus mundos de vida para reconocernos en ellos y transformarlos. También ha propuesto dudar y cuestionar los enfoques teóricos e ideológicos fijos, desmontarlos, y así aprender a mirar con nuevos marcos los viejos temas y con viejos encuadres lo contemporáneo, para habitar así el teatro y contrateatro de la historia.