Comentarios sobre El culto a la nación.
Escritura de la Historia y rituales de la memoria
en el Ecuador, 1870-1950*
Remarks about El culto a la nación. Escritura de la Historia
y rituales de la memoria en el Ecuador, 1870-1950
Comentários sobre El culto a la nación. Escritura de la Historia
y rituales de la memoria en el Ecuador, 1870-1950
Juan Maiguashca
Universidad de York / UASB-E
DOI: http://dx.doi.org/10.29078/rp.v0i49.734
introduCCión
Yo vi nacer este libro en 2005. Ese año me invitaron a participar en un co-
loquio internacional en la Universidad Andina y, en algún momento durante
aquella estadía, Guillermo Bustos me conversó sobre el tema de su tesis de
doctorado en Historia. Me dijo que le interesaba trabajar en el tema de histo-
riografía ecuatoriana. Pero había algo que le preocupaba: le parecía que era
un campo percibido de manera árida por historiadores profesionales no solo
en el Ecuador sino también en el resto de la América Latina. Le contesté que
no se desanimara, que él podría cambiar estas opiniones haciendo un trabajo
de primer orden.
Pasaron los años y un buen día recibí en Toronto un archivo en formato
pdf que contenía una copia de una tesis doctoral titulada: “La urdimbre de
la Historia Patria. Escritura de la historia, rituales de la memoria y naciona-
lismo en Ecuador (1870-1950)”. Era la tesis de Guillermo Bustos. La leí con
mucho interés y le escribí a vuelta de correo diciéndole que era un trabajo
excelente. Le pedí que la publicara sin pérdida de tiempo. Desafortunada-
mente responsabilidades administrativas y de enseñanza no le han permiti-
do hacerlo hasta ahora.
Procesos: revista ecuatoriana de historia, n.º 49 (enero-junio 2019), 175-179. ISSN: 1390-0099; e-ISSN: 2588-0780
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Últimamente, gracias a la iniciativa del Fondo de Cultura Económica y
al apoyo de la Universidad Andina Simón Bolívar, la tesis se ha transforma-
do en libro; un libro elegante y bien impreso. Para comentarlo, lo he leído
nuevamente y me place decir por segunda vez que me parece un trabajo
excelente.
antes y después
No es solo un trabajo bien hecho. También marca un antes y un después
en el campo de la historiografía ecuatoriana. Me explico.
Que yo sepa, solo existen cinco trabajos que se han publicado sobre este
tema hasta el presente. El primero, escrito por Isaac J. Barrera, se llamó His-
toriografía de Ecuador, y fue publicado en México en 1956. El segundo, re-
dactado por Adam Szasdi, es un extenso artículo que con el título de “La
historiografía de la República del Ecuador” apareció en 1964 en la Hispanic
American Historical Review. El tercer trabajo pertenece al lósofo argentino
Rodolfo Agoglia que, de paso por el Ecuador, hizo una compilación titulada
Historiografía ecuatoriana publicada en Quito en 1985. El cuarto trabajo tam-
bién es una compilación, esta vez hecha por el ecuatoriano Jorge Núñez, con
el nombre de Antología de Historia, que vio la luz en el año 2000. Finalmente,
el quinto y Último trabajo se llama Historiografía ecuatoriana: apuntes para una
visión general, escrito por Enrique Ayala e impreso en 2015.
Todas estas obras son valiosas en diversas formas, pero, para utilizar la
terminología de Ayala, todas sin excepción son “apuntes” para una futura
historiografía ecuatoriana. Con la publicación del profesor Bustos esta situa-
ción ha cambiado: vamos más allá de los apuntes y entramos de lleno en un
análisis historiográco complejo y sosticado. No es una historia completa
de la historiografía ecuatoriana, pero cubre uno de sus períodos seminales:
los años 1870-1950.
eL aporte deL Libro
¿Qué es lo que hace Guillermo Bustos en su trabajo? El subtítulo de la
obra nos da la respuesta: Escritura de la Historia y rituales de la memoria en el
Ecuador, 1870-1950. Es decir, que esta obra es en realidad dos: una que trata
de los historiadores del Ecuador y sus esfuerzos por institucionalizar su dis-
ciplina y otra que estudia como la historia patria fue percibida, interiorizada
y exteriorizada en rituales de la memoria colectiva ecuatoriana en el último
tercio del siglo XIX y la primera mitad del XX.
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Ahora bien, otros autores latinoamericanos que han escrito sobre la his-
toriografía de sus respectivos países durante este período se han limitado
a escribir sobre el primer tema (la institucionalización de la historia) y no
sobre el segundo (la memoria colectiva de la historia). Este el caso de Jorge
Orlando Melo en Colombia, Cristian Gazmurri en Chile, Manuel Burga en el
Perú, Germán Carrera Damas en Venezuela, Fernando Devoto en Argentina,
y Guillermo Zermeño en México, para nombrar a los autores más importan-
tes. Que yo sepa, nadie ha realizado hasta ahora lo que Guillermo Bustos
se ha atrevido a hacer: juntar la historia de la escritura con la historia de la
memoria colectiva.
¿Esto nos lleva a preguntar por qué lo hizo? A primera vista parece que
su intención fue contrastar dos temas relacionados pero con lógicas diferen-
tes. En un segundo momento, empero, uno se da cuenta de que el tema de
la memoria colectiva sirve en gran parte para explicar la particularidad de la
historiografía ecuatoriana.
A diferencia de lo que sucedió en México, Argentina y Chile, donde la
escritura de la historia entre 1870 y 1950 se desarrolló al interior de universi-
dades, en nuestro país esta disciplina creció fuera de ellas en manos de auto-
didactas que trabajaron desde sus espacios particulares. Por esta razón, sin
el estímulo y la protección que podía ofrecer una universidad al desarrollo
de una historiografía cientíca, la escritura de la historia y la memoria colec-
tiva se entrelazaron directamente en una variedad de formas que Guillermo
Bustos identica claramente. Una de ellas fue la intromisión del sistema del
poder dominante en el Ecuador entre 1870 y 1950 en la investigación histó-
rica, intromisión que llegó a condicionarla. Es así como Bustos explica el de-
sarrollo y dominio de una historiografía hispanista en la primera mitad del
siglo XX. Y así es como también el autor explica el prolongado y lentísimo
proceso de institucionalización de la historiografía ecuatoriana.
En Argentina, Chile y México, mientras tanto, países donde las universi-
dades pudieron mal o bien controlar la intromisión de los sistemas de poder
dominantes, la trayectoria de la escritura de la historia pasó rápidamente de
un estadio de institucionalización a uno de profesionalización. Como todos
sabemos, este proceso comenzó a darse en el Ecuador con mucha dicultad
solo en la segunda mitad del siglo XX y todavía no se ha consolidado.
impaCto
El culto a la nación no solo es el n de un período en el cual dominaron
los “apuntes” historiográcos. Es también el comienzo de algo nuevo. En
efecto, de ahora en adelante tendremos que dedicarnos a profundizar temas
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que este autor ha abierto a la investigación histórica. Uno de ellos es la difícil
profesionalización de la historiografía ecuatoriana en los últimos 50 años.
Para esta empresa, el libro de Bustos es un punto de partida necesario.
El libro de Guillermo nos invita también a ir hacia atrás, a revisar el ca-
mino por él recorrido, pues su autor nos advierte que ha dejado lagunas sin
llenar y problemas sin resolver. Terminaré mis comentarios haciendo una
breve referencia a uno de ellos.
Cuando nuestro autor analiza los discursos metodológicos de sus histo-
riadores autodidactas, lo hace en forma condescendiente. Nos dice que estos
autores practicaron el culto al documento como si esto fuera una falta. Tam-
bién les culpa de utilizarlo en una forma simplista. Esta manera de evaluar el
trabajo de los historiadores del siglo XIX, común en la América Latina como
también en Europa, ha sido últimamente cuestionada. Desde principios de
este siglo Georg Iggers de la Universidad de Buffalo, Andreas Boldt de la
Universidad de Irlanda, Pim de Boer de la Universidad de Amsterdam y
muchos otros, todos expertos de la historiografía decimonónica occidental,
mantienen que los historiadores decimonónicos han sido mal estudiados y
mal interpretados. Dan como ejemplo la crítica que se ha hecho a algunas
de sus aserciones que parecen ser de carácter epistemológico. Expresiones
como “los documentos reejan una realidad externa”, o “hay que dejar que los
documentos hablen por su cuenta” y muchas otras semejantes, no pueden ser
tomadas literalmente, ni pueden ser interpretadas anacrónicamente desde el
punto de vista de mediados del siglo XX.
1
En efecto, en lugar de considerar-
las como aserciones epistémicas sobre el mundo social exterior, debe consi-
derárselas como aserciones epistémicas cuyo n era controlar en lo posible lo
que Roger Bacon llamó ídolos de la mente del investigador: los ídolos de la
tribu (tendencias humanas), los de la cueva (tendencias personales), los del
foro (confusiones lingúísticas) e ídolos del teatro (los dogmas académicos).
La obsesión con el documento era una manera de dar primacía a las huellas
del pasado, la materia prima del historiador. El acceso a él era fundamental.
Ahora bien, creo que algo semejante puede decirse de nuestros historia-
dores autodidactas. Por un lado, quisieron que los documentos no fuesen
contaminados por los ídolos de la mente. Por otro lado, no podían arse de
los documentos que tenían a la mano. Cuando hoy en día entramos a un
archivo en Quito rara vez se nos ocurre preocuparnos por la autenticidad y
la veracidad de los documentos que vamos a consultar. Asumimos que los
archivistas han hecho ese trabajo de depuración del documento. Federico
González Suárez y más tarde José Gabriel Navarro o Julio Tobar Donoso no
1. Pim de Boer, The Study of History in France, 1818-1914 (Princeton: Princeton Univer-
sity Press, 2014). Énfasis añadido.
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pudieron darse ese lujo. Sin archivos históricos públicos bien administrados
y sin bibliotecas con fuentes secundarias que podían guiarlos en su manejo
de los documentos, tenían toda la razón de temer a los “documentos malos”
y buscar obsesivamente los “documentos buenos”. El culto que ellos prac-
ticaron no fue el culto del documento a secas. Su verdadero culto fue el del
“documento bueno”, que es otra cosa. Tuvieron razón cuando creyeron que
sin él la historia como disciplina no puede existir.
ConCLusión
Sea como sea, este es un asunto debatible. Lo que no es debatible es la
importancia del libro que estoy comentando. Como dije al principio, El culto
a la nación marca un antes y un después. Mi deseo ferviente es que el después
se llene de trabajos que emulen su gran originalidad y su gran calidad.