Artículo de investigación



KIPUS: REVISTA ANDINA DE LETRAS Y ESTUDIOS CULTURALES,
No. 59 (Enero-Junio, 2026), 177-194. ISSN: 1390-0102


Cartografías del cyborgcrip y la geopolítica del imperio de la mirada en América Latina


Cartographies of the Cyborgcrip and the Geopolitics of the Empire of the Gaze in Latin America


DOI: https://doi.org/10.32719/13900102.2026.59.9


Fecha de recepción: 1 de agosto de 2025 - Fecha de revisión:: 14 de agosto de 2025
Fecha de aceptación: 29 de octubre de 2025 - Fecha de publicación: 1 de enero de 2026




Wilmer Miranda Carvajal ORCID

Universidad Estatal de Bolívar Guaranda, Ecuador wilmerueb07@gmail.com

RESUMEN

Este artículo analiza cómo las personas ciegas —en Ecuador, México y Chile— reconfiguramos nuestra autonomía frente al imperio de la mirada a través de prácticas de existencia y reexistencia mediadas por la tecnología. La metodología de trabajo apuesta por una autoetnografía dialogal, que prioriza el conocimiento situado y la resonancia narrativa entre participantes que hacemos parte de un grupo focal vía plataforma Zoom. Los resultados señalan la emergencia del cyborgcrip y del access-making como experticia situada en un ecosistema de innovación asimétrica, la persistencia de exclusiones de diseño que obligan a “traducir” interfaces visuales con costos de tiempo y energía no reconocidos por patrones hegemónicos visuales. A la vez, resalta la puesta en escena de redes comunitarias mediadas por tecnología como soporte para una autonomía asistida. Concluimos con la propuesta de una gobernanza basada en el principio de accesibilidad universal que codiseñe con usuarios, considere tiempos no normativos y que, en clave decolonial, apueste por interdependencias que habiliten vidas en común más justas para todos.

Palabras clave: no visualidad, accesibilidad universal, autoetnografía dialogal, epistemología situada, interdependencia, tecnociencia crip.


ABSTRACT

This article analyzes how blind people —in Ecuador, Mexico, and Chile— reconfigure our autonomy in relation to the “empire of the gaze” through existence and re-existence practices mediated by technology. The methodology relies on a dialogical autoethnography, which prioritizes situated knowledge and narrative resonance among participants who are part of a focus group via the Zoom platform. The results highlight the emergence of the cyborg crip and access-making as expertise situated within an ecosystem of asymmetric innovation, as well as the persistence of design exclusions that force the “translation” of visual interfaces at the cost of time and energy unrecognized by hegemonic visual norms. At the same time, the study underscores the staging of technology-mediated community networks as support for assisted autonomy. We conclude with a proposal for governance based on the principle of universal accessibility that co-designs with users, accounts for non-normative timeframes, and, from a decolonial perspective, fosters interdependencies that enable more just communal lives for all.

Keywords: non-visuality, universal accessibility, dialogical autoethnography, situated epistemology, interdependence, crip technoscience.






MATERIALIDAD POLÍTICA DE LA TECNOLOGÍA


Para analizar la relación entre mi experiencia vivida de la ceguera y los artefactos que median mi existencia, recurro a la posfenomenología del filósofo neerlandés Peter Verbeek (2005), quien entiende la tecnología como herramienta de mediación con el mundo, que influye en la percepción, interpretación y acción con la realidad. Esta teoría me lleva a pensar cómo la tecnología se convierte en mediadora activa para las personas que vivimos la no visualidad. Así, el lector de pantalla que utilizo para escribir estas líneas no es un simple transmisor de información: es un mediador hermenéutico que traduce el universo digital visual en información audible. Sin embargo, esta mediación no es un acto de traducción sin fricción alguna, sino una negociación constante con interfaces que a menudo no fueron diseñadas para mi corporalidad. Mi experiencia cotidiana revela exclusiones que hoy operan a través de estos modelos: desde captchas visuales hasta interfaces enteras que no resultan navegables con lectores de pantalla, pasando por información gráfica difícil de entender. La literatura sobre justicia algorítmica, como advierten Safiya Noble (2018) y Ruha Benjamin (2019), demuestran que la tecnología reproduce jerarquías al tomar al usuario estándar para diseñar sus productos y las formas de ser y estar en el universo digital: blanco, masculino y, añadiría, sin diversidad funcional, como la única representación válida de un usuario de tecnología. La mediación, entonces, se revela como un campo de poder donde el problema no es abstracto, sino que reside en quién define estas mediaciones, con qué datos y bajo qué responsabilidades.

Esta comprensión política de la mediación se complementa con la "teoría del actor-red" de Bruno Latour (2008), que bajo el principio de simetría generalizada considera a los sujetos humanos y a los artefactos no humanos como "actantes" o actores con capacidad para incidir en el funcionamiento de una red. La autonomía o la exclusión emergen del ensamblaje híbrido que se teje entre mis habilidades, el software, el código de una página web y las prácticas sociales. La fragilidad de esta red se manifiesta de forma abrupta cuando, por ejemplo, la nueva versión de una app rompe sin aviso los atajos y flujos de trabajo que, con esfuerzo, una persona ciega construye: desestabiliza la autonomía de un momento a otro.

Por ello, mis reexistencias y las de otros compañeros ciegos no son actos de una voluntad individual. Implican una negociación constante para mantener la estabilidad de esa red. Esto conlleva una doble exigencia: primero, la demanda de equivalencias funcionales que se adapten a las diferentes corporalidades y no terminen por convertirse en experiencias incompletas para quienes usamos tecnologías de asistencia. Un claro ejemplo de este doble estándar lo encontramos en las descripciones automáticas de imágenes en redes sociales, que en más de una ocasión no resultan útiles para el usuario ciego. En segunda instancia, se hace indispensable formular una gobernanza basada en principios de accesibilidad universal que reconozca y proteja los flujos de trabajo que hemos creado las personas con cuerpos no normativos, legitimando nuestras formas de ser y estar también en el espacio digital.

Los estudios críticos de la discapacidad han ampliado el modelo social al explorar cómo el diseño físico y digital produce o limita la autonomía. La inaccesibilidad, como plantea Titchkosky (2011), no es solo un obstáculo material, sino una pedagogía simbólica que sitúa a ciertos cuerpos en la periferia. Desde Hendren (2020), el "desajuste" muestra que las dificultades residen en entornos físicos y digitales concebidos con presunciones homogéneas, en donde la reexistencia como reapropiación expone la falsa neutralidad del diseño, que genera conocimiento crítico. En ese marco surge la Crip Technoscience (Hamraie y Fritsch 2019), que valora el conocimiento situado y el access-making, y legitima prácticas de hacking como experticia y activismo. De este hacer emerge el cyborgcrip (Kafer 2013): una identidad política forjada en la fusión necesaria de las capacidades humanas con tecnologías.

La teoría crip también cuestiona la crononormatividad productivista que impone ritmos de inmediatez para todos (Kafer 2013), invisibilizando las temporalidades diversas (Samuels y Freeman 2021). Acceder a la información con un lector de pantalla implica una temporalidad secuencial y hermenéutica; firmar un PDF inaccesible fractura el flujo laboral, por poner dos ejemplos. Este trabajo busca visibilizar esa labor temporal y el gasto energético para alcanzar equivalencias funcionales e impulsar una justicia temporal: redefinir ajustes razonables y métricas de desempeño y diseñar espacios que se adapten a la pluralidad de nuestros cuerpos.


TEJIDO SOCIAL Y VIDA MANCOMUNADA


Mi posicionamiento epistemológico y ético se fundamenta en una crítica radical al mito liberal de una independencia total. Este ideal de un sujeto autónomo, autosuficiente y sin ataduras no es solo una ficción, sino el pilar de un orden social y productivo que patologiza la vulnerabilidad y enmarca la discapacidad como un estado de dependencia deficitaria. Frente a ello, y en diálogo con la filósofa Marina Garcés (2017), reivindico la interdependencia no como una forma de tutela, sino como el reconocimiento de una vulnerabilidad ontológica compartida que debería organizar nuestras responsabilidades y derechos. La experiencia de la discapacidad, en este sentido, no revela una carencia, sino que hace visible una verdad universal: nadie existe sin soportes. La diferencia crucial, y el nudo del problema, reside en quién controla esos soportes, cómo se distribuyen y qué cuerpos son condicionados a una precariedad forzada.

Desde esta comprensión de la interdependencia, concibo el tejido social como la "continuación de los cuerpos en un mundo común" (Garcés 2017): nuestra corporalidad no termina en la piel, sino que se extiende a través de las relaciones y los artefactos que nos sostienen; allí donde no llega mi mano, llega la de otro; lo que yo no percibo con la vista, otro lo advierte y me lo cuenta. A su vez, este horizonte me permite reformular la autonomía, alejándome del ideal solitario, para proponer una autonomía asistida. No se trata de una contradicción, sino de la verdadera autonomía en la práctica, como la facultad de agenciar, elegir y tejer una red de apoyos humanos y no humanos.

Finalmente, en clave decolonial y siguiendo a Arturo Escobar (2020), entiendo esta lucha como un proyecto de reexistencia. No se trata simplemente de buscar la inclusión en un mundo dado, un mundo diseñado por y para el imperio de la mirada, sino procurar la construcción de un proyecto más radical: el de usar nuestras sensibilidades, nuestras tecnologías y nuestras redes de apoyo para abrir otras posibilidades en los mapas donde la visualidad manda, construyendo así, desde los márgenes, mundos más interdependientes y, por tanto, más justos.

La relación entre tecnología y discapacidad es algo que debe intentar comprenderse antes que medirse, por lo que este trabajo se enmarca en un enfoque cualitativo. El método elegido es una autoetnografía dialogal, que elegí no como una preferencia instrumental, sino más bien como una postura epistemológica y ética. Como investigador ciego, mi propia experiencia vivida de la no visualidad y mi interacción constante con la tecnología constituyen el germen de este estudio; en tanto que lo dialogal del método se alcanzó mediante la técnica de grupo focal. Esta herramienta facilita la emergencia de narrativas colectivas, permite que las experiencias de un participante resuenen y se refracten en las de otros (Flick 2013), genera un espacio de confianza para la reflexión conjunta sobre temas sensibles como la autonomía, la dependencia tecnológica y la confrontación con el visualcentrismo.

El 4 de mayo de 2025 realizamos el encuentro con una duración de tres horas, vía plataforma Zoom, para facilitar la participación de compañeros que viven en diferentes ciudades del Ecuador, así como de personas ciegas residentes en Chile y México. El guion de preguntas se diseñó de manera semiestructurada para permitir una exploración profunda de la relación personal y profesional que tenemos con la tecnología, las estrategias sensoriales que desarrollamos y sobre todo nuestras percepciones de la materialización del imperio de la mirada en sus respectivos contextos.

El grupo focal se conformó con compañeros y compañeras con las que comparto distintos tramos de mi propia vida como persona ciega. Esta cercanía construida a lo largo de los años sirvió para fomentar un diálogo íntimo y honesto en torno a las alegrías y frustraciones que nos ha dado la tecnología y su papel en la construcción de nuestra autonomía. Participaron: Stephany Molina, docente de inglés; Ronald Jaramillo, abogado machaleño que trabaja telemáticamente desde República Dominicana; Luis Cueva, pionero de las tiflobibliotecas en Ecuador; Andrea Jiménez, investigadora independiente enfocada en el uso crítico de la IA en la academia; Jorge Ollarzo, periodista chileno y usuario asiduo de herramientas de inteligencia artificial; el mexicano Alejandro Castro, docente universitario y experto en el software matemático EDICO; e Isabel Betancourth, quien trabaja en la adaptación de textos académicos en la Universidad Andina Simón Bolívar, Sede Ecuador.

Las experiencias con la tecnología que compartimos no emergen en el vacío, sino que provienen de una larga historia de exclusión sensorial desde antes de la era digital. En esta genealogía de la exclusión, es inevitable mencionar la vida del francés Louis Braille (1809-1852), inventor del sistema Braille, un tipo de escritura táctil que procura otras formas de acceder a la información sin la prevalencia de lo visual. Esto desde una lectura epistémica significa un movimiento decolonial en toda regla, pues deconstruye la concepción de la mirada como único canal de aprendizaje y alfabetización, creando un código adecuado a la corporalidad de las personas ciegas, una forma de reexistencia que hasta la actualidad resulta funcional para nuestro colectivo.

La pedagogía de la exclusión, tal como lo plantea Titchkosky (2011), implica que las personas con discapacidad históricamente hemos accedido desde un lugar periférico a la producción de conocimiento y cultura. En ese sentido, Isabel rememora cómo durante las clases de computación en el laboratorio de su escuela, la docente desconocía metodologías no visuales para su enseñanza y la dejaba "sin hacer nada". En la primera década del presente siglo todavía los entornos educativos refuerzan barreras simbólicas y materiales, que se interiorizan en personas con discapacidad y reducen su capacidad de agencia social. Sin embargo, entre 2018-2019 inicia el trabajo en la formulación de guías oficiales del Ministerio de Educación ecuatoriano: una pedagogía basada en los principios de diseño universal de aprendizaje (DUA), que otorga mayor protagonismo a la tecnología como herramienta de asistencia pedagógica y una cierta legitimidad a la diversidad estudiantil que ha poblado las aulas ecuatorianas desde siempre.

En sus años escolares, a finales de la década de los 90, Isabel dependía de su madre para leer libros y apuntes de clase. Su padre le trazaba líneas fosforescentes en los cuadernos para que Isabel, con su baja visión, se orientara en los ejercicios de caligrafía. A diferencia de Isabel, mis apuntes fueron en braille, generalmente en hojas de revistas impresas o en guías telefónicas al más puro estilo de los estudiantes ciegos cubanos en la época de la Revolución. Aprendí el braille en la década de los 90 en el Instituto Mariana de Jesús en Quito, pero esa forma de escritura no era entendible para mis compañeros ni para mis profesores cuando cursaba el bachillerato en Guaranda. El colegio donde estudié fue una institución regular, ni la ley ni la academia hablaban en aquel entonces de adaptaciones curriculares. El braille fue la única forma para tomar apuntes. La herramienta más tecnológica con la que contaba fue una calculadora parlante de operaciones básicas, que utilizaba solamente en casa para no incomodar con su ruido, pues no había forma de adaptar audífonos; una máquina de escribir que se convirtió en el primer mediador para hacerme entender con los videntes. La máquina solo me permitía producir contenido visual, no leerlo ni estudiarlo. Estos acontecimientos evidencian una interdependencia impuesta, cuando la sociedad todavía no pensaba en infraestructuras accesibles.

Jorge, al iniciar la carrera de periodismo en 1994, enfrentó barreras cognitivas de sus profesores universitarios, quienes dudaban de su capacidad para ejercer la profesión sin visión. Esto lo obligó a "ingeniarse formas de aprendizaje en el ámbito académico" mediante el autoaprendizaje. Estas experiencias configuran los inicios de nuestro contacto con la tecnología, tensionando la herencia de un imperio de la mirada que codifica el conocimiento y el acceso a la cultura desde la prerrogativa visual, invisibilizando la riqueza de otras corporalidades.

La llegada de los lectores de pantalla a América Latina, que particularmente considero como la segunda revolución después del braille, configuró una transformación radical en nuestra capacidad de agencia. Sin embargo, su distribución y acceso desigual revelan la persistencia de la colonialidad del poder y el saber, porque las soluciones tecnológicas se gestan en centros hegemónicos y tardan años en permear a los denominados países de la periferia. El relato del mayor Luis Cueva ilustra este patrón: su primer contacto con JAWS 3.5, en inglés, fue un "auténtico salvavidas", pero su autonomía surgió al viajar a Estados Unidos y encontrar la versión 3.7 con sintetizador de voz en español. Esta experiencia expone la brecha de acceso y el flujo asimétrico de la innovación en países de América Latina. Mi familiarización con la tecnología fue en 2004, época de formación universitaria, donde se produjo el milagro de encontrarme con una computadora que hable. Esto ocurrió en el contexto de la iniciativa de Luis Cueva, quien impulsó la primera tiflobiblioteca en el Ecuador, perteneciente a la Escuela Superior Politécnica del Ejército (ESPE), ubicada en el Valle de los Chillos en Quito (La Hora 2002): un espacio con obras literarias en audio, en casetes de cuatro pistas y computadoras equipadas con las primeras versiones de lectores de pantalla. El mayor Cueva comprendió rápidamente que el acceso a la tecnología pasa por una red de soportes que incluyen capacitación, herramientas tecnológicas y material adaptado, por lo que en la propia biblioteca se dictaron formaciones sobre lectores de pantalla para personas ciegas provenientes de distintos rincones del país. Se entregaron manuales en braille y se donó computadoras con el lector de pantalla conectado con otras bibliotecas del Ecuador.

De hecho, Isabel afirma que su primer encuentro con el lector de pantalla también fue gracias a las jornadas de formación del mayor Cueva, a propósito de un manual con comandos de JAWS que, debido a su extensión, "parecía una biblia [...] teníamos miedo de tocar el computador porque pensábamos que se podía romper algo", añade entre risas. Paradójicamente, una de las labores que desempeña en la actualidad es enseñar precisamente a otras personas el uso de herramientas tecnológicas con las cuales puedan acceder a información académica. Este temor inicial de Isabel, causado por la desproporcionada complejidad del manual para JAWS, son pruebas fehacientes de la naturaleza no neutral de la tecnología (Verbeek 2005). La mediación tecnológica de la que nos habla Verbeek, en el caso de las personas ciegas, es hermenéutica porque a menudo empleamos herramientas tecnológicas para traducir el universo visual a códigos adaptados a nuestra corporalidad. Estas formas de adaptación no están libres de fricciones: exigen una familiarización constante con interfaces que, a menudo, fueron diseñadas para usuarios estándar, sin considerar la diversidad de cuerpos e historias que habitan el mundo.

La posterior irrupción de NVDA (Non Visual Desktop Access), un lector de pantalla de código abierto -a criterio de Ronal y Stephany, pertenecientes a una generación más joven-, representa una democratización parcial y ofrece una alternativa a las costosas licencias de JAWS. Tal y como mencionan en el grupo focal, gracias al internet el acceso a información, paulatinamente, se democratiza y lentamente se cumple con parámetros de diseño universal. Un ejemplo de lo afirmado es que, actualmente, todos los Smartphone cuentan con un lector de pantalla integrado. Esta democratización del software, no necesariamente del hardware, impulsa la creación de comunidades de personas ciegas conectadas alrededor del mundo a las cuales acuden generalmente los jóvenes para familiarizarse con una nueva herramienta tecnológica. Ronald menciona que a NVDA llegó tras el consejo de un amigo cercano, y Stephany, quien se autodenomina una "entusiasta de la tecnología", se encuentra muy activa en estos grupos que a menudo se organizan por WhatsApp o correo electrónico. De este modo, se evidencia que la adopción de tecnologías dentro del colectivo de personas ciegas, incluidas aquellas que no son pagadas, sigue enmarcada en una experiencia principalmente de autoaprendizaje e ingenio frente a la falta de apoyos institucionales.

Estas formas de tejer redes de accesibilidad me hace pensar en la identidad del cyborgcrip propuesto por Kafer (2013). Esta surge a partir de una reapropiación del planteamiento de Dona Hareway, que emerge de una fusión necesaria de las personas con discapacidad con la tecnología. Esta fusión sucede en medio de una lucha constante por el poder, en la que el acceso, el diseño y la formación están condicionados por fuerzas geopolíticas y económicas que perpetúan las jerarquías sensoriales y materiales. La identidad cyborgcrip se sostiene en redes de aprendizaje entre pares, en bricolajes domésticos que reducen costos y en usos profesionales que demuestran la adquisición de competencias mientras desnudan la asimetría del diseño y la política.


EL COSTO OCULTO DE LA EQUIVALENCIA FUNCIONAL


El imperio de la mirada no solo diseña espacios, sino que impone una crononormatividad (Kafer 2013) que marginaliza nuestros cuerpos. La temporalidad hegemónica, lineal y acelerada asume la inmediatez del procesamiento visual, invisibilizando la labor temporal y el gasto energético (Samuels y Freeman 2021) que una persona ciega invierte para alcanzar equivalencias funcionales. En esa línea, Andrea cuenta sobre su inicial resistencia a la ofimática en su etapa de colegio. Ella, al igual que varios de mis compañeros convocados aquel domingo, ingenió distintas formas alternativas de aprender constantemente: "Siempre decía con orgullo que yo era la maestra de mis profesores, pues no era raro que se acercaran y me preguntaran cómo debían trabajar conmigo. Hoy pienso en una niña de quince años dirigiendo su propio pénsum educativo y creo que fue una irresponsabilidad tremenda del sistema", reflexiona Andrea. "Por eso cuando tuve que aprender ofimática me negué. Era algo a lo que nunca antes me había enfrentado y me parecía demasiado difícil para una persona ciega", añade.

Hemos tenido que vivir la carga cognitiva y emocional que implica asumir la obligatoriedad de comprender y adaptarse a un mundo que pocas veces se adapta a nosotros, como afirma Ronald. La profesora de Andrea, para lograr involucrarla, evidenció una estrategia pedagógica de esfuerzo extra de voluntad individual: "Con mi profe nos pasábamos tardes enteras, fuera del horario de clase, pasando a braille todos los comandos de Office que luego me tenía que memorizar".

Esta inversión temporal se hace palpable en las prácticas de access-making o un hacer accesible algo que inicialmente no lo es. Un concepto sistematizado por Hamraie y Fritsch en 2019, pero que los ciegos hemos practicado desde siempre, pues Latinoamérica -conocida por no ser un polo importante de innovación tecnológica- también tiene unas brechas de acceso muy marcadas que nos obligan a tirar del ingenio. Nuestras prácticas de hacking y reapropiación, reconocidas por la technosciencia crip (Hamraie y Fritsch 2019) como formas de activismo, deben ser analizadas también desde una perspectiva de economía política. El access-making no siempre es un pasatiempo en el que nos recreamos. Es un trabajo no remunerado que realizamos para compensar las fallas de un sistema de producción capitalista que nos ignora.

Otro ejemplo de access-making lo comenta Stephany: "Como no puedo ver si la papa ya está lista, cocino por tiempo: para un locro pongo las papas diez minutos y, al final, las hojas verdes tres minutos. Le digo: "Alexa, configura un temporizador de diez minutos y listo". En esta misma línea, las marquitas con papel contact que puso en la freidora de aire son una ingeniosa forma de adaptación, en este tiempo que la tendencia es colocar pantallas táctiles en todo tipo de electrodomésticos.

Por otro lado, Isabel en su rol de referencista educativa tiene como labor adaptar textos académicos, haciendo efectivo entre los estudiantes el derecho a la justicia temporal. Para su trabajo se apoya en una batería de herramientas tecnológicas como chatbots de inteligencia artificial y OCR para describir cuadros y gráficos, además de organizar notas al pie de página en PDF inaccesibles. Se trata de una labor de navegación e interpretación que para un vidente es instantánea, pero para una persona ciega significa verdaderas barreras de acceso.

Esta tarea de construir puentes sensoriales donde el imperio de la mirada ha erigido barreras es un trabajo experto que exige una inversión de tiempo y energía cognitiva, raramente reconocida como tal. En Ecuador, son pocas las universidades que cuentan con personal adecuado para atender las necesidades de acceso a la información para estudiantes con alguna discapacidad, pues la digitalización de los textos no es útil únicamente para personas ciegas, sino que mejora el acceso para personas con discapacidades motrices, y en general en procesos de educación a distancia o en línea, lo cual demuestra que la accesibilidad beneficia a todos. A nivel personal, he optado desde mis años de universidad por delegar la formalidad visual de mis trabajos académicos a una editora, una estrategia consciente para ahorrar tiempo y sentirme más feliz. Un ejercicio de justicia temporal que me ha permitido concentrar mi energía en el fondo o contenido de mis investigaciones.

Nuestras temporalidades crip, ya sea acelerando un lector de pantalla o ralentizando un proceso, no son desviaciones, sino reivindicaciones de otros ritmos vitales que el imperio de la mirada se niega a reconocer. También es una exigencia ética hacia instituciones y diseños que consideran que la temporalidad se vive de la misma manera. Para nosotros el tiempo posee una representación distinta que obedece no solamente a la existencia o falta de accesibilidad, pues tal y como hemos visto a lo largo de este trabajo (inclusive con la mediación de herramientas tecnológicas) nuestras temporalidades pueden ser distintas, y esas formas de ralentización del tiempo tensionan constantemente con el régimen visual. En ese sentido, las temporalidades crip, según Alison Kafer, no piden indulgencia sino marcos académicos, laborales o técnicos capaces de reconocer estas temporalidades al considerar pausas o aceleraciones sin etiquetarlas como un déficit. Al afirmar estos ritmos, lo que se disputa no es solo cómo se hace algo, sino también qué se considera valioso. En este caso, el tiempo y esfuerzo extra que muchas veces se requiere para alcanzar una equivalencia funcional.

En otro orden de cosas, la dinámica quizá más sutil, pero no por ello menos perniciosa del imperio de la mirada, se manifiesta en la paradoja del supercrip (Kafer 2013). En palabras de Jorge, a menudo lo que se percibe como "admiración social" termina por distanciarnos de las demás personas. Al preguntarle por la percepción de las personas sin discapacidad frente a su dominio de la tecnología, Jorge menciona que es común que lo vean "casi como un superdotado, casi un extraterrestre". Stephany reconoce el asombro con el que la miran al usar su teléfono, y confiesa que se siente incómoda con este exceso de atención. Lejos de ser halagos, se trata de mecanismos de defensa del capacitismo. La sociedad normovisual, incapaz de integrar nuestra competencia sin cuestionar su propia hegemonía, nos relega a una categoría excepcional, un "milagro inspirador" que, como señala Stella Young, degenera en el inspiration porn, o porno inspiracional, para referirse a las prácticas o actitudes que nos reducen a objetos edificantes cuya función es provocar gratitud o admiración ajena.

Nuestra competencia con la tecnología únicamente resulta extraordinaria porque se mide contra la vara de una supuesta incapacidad inherente. En este mismo sentido, Skliar (2012) habla de la diferencia degradada, que nos despoja de nuestra humanidad ordinaria, que convierte nuestro esfuerzo en un espectáculo y oculta el trabajo que implica nuestra reexistencia. Mi ambivalencia con respecto a la tecnología es, en parte, una respuesta a esta presión: me frustra la constante adaptación que se me exige, porque es un recordatorio de un desajuste que no es solamente mi responsabilidad, sino que también está en un entorno sobre el cual no tengo completo control. Muchas veces la única respuesta que recibo es una palmadita en la espalda por mi esfuerzo, sin una reflexión profunda respecto a las barreras que me han obligado a adaptarme. En este punto, es importante recordar que la lucha por un mundo accesible excede lo técnico, es una disputa política y económica. Jorge señala que "una línea braille... está más o menos por unos 3000 dólares", inaccesible en América Latina, donde es frecuente que pensiones y empleos sean precarios. Lo que yo mismo he podido constatar, pues aun con un doble ingreso mi familia no ha podido adquirirla. En Ecuador el panorama no es distinto: un levantamiento de información socioeconómica, hecho en 2023, reveló que el 32 % de personas ciegas en el país vive con cincuenta dólares al mes, lo que hace casi imposible costear tecnologías que mejorarían sustancial-mente las oportunidades educativas y laborales. Ronal denuncia la "ley muerta" con tratados internacionales que los Estados no cumplen y que, muchas veces, las propias autoridades desconocen.

Alejandro complementa esta visión, señalando nuestra corresponsabilidad como usuarios para impulsar la accesibilidad digital y apoyar a quienes la desarrollan, al tiempo que advierte sobre la necesidad de no "volvernos esclavos de la tecnología" y mantener un plan B con herramientas analógicas como el braille o el ábaco. Nos recuerda que la tecnología es una de las muchas herramientas que tenemos para existir y reexistir. En el mismo sentido que Ronald, llama a tomar por el mango nuestro futuro, sin desconocer que existen barreras estructurales que nos impiden una plena inclusión, a la vez que pone en valor las habilidades adquiridas gracias a la vivencia de la discapacidad, un conocimiento que difícilmente alguien de fuera podría proporcionarnos.




LA AUTONOMÍA ASISTIDA Y EL TEJIDO SOCIAL


La crítica al mito liberal de una independencia total es un eje central de la fundamentación teórica de este trabajo, y nuestras vidas lo demuestran con creces. Particularmente propongo, en cambio, una autonomía asistida, donde la interdependencia se concibe como una vulnerabilidad inherente a la existencia humana (Garcés 2017). No como una deficiencia de unos pocos, pues pensar de esta manera genera relaciones desiguales de poder. La tecnología, en este contexto, se convierte en una nueva plataforma de interdependencia, mediante la cual se entreteje una vida mancomunada que trasciende los límites del cuerpo individual.

La paternidad y maternidad que compartimos con Isabel es un crisol de esta autonomía asistida. Alexa narra cuentos a nuestra hija Sayuri, supliendo la escasez de libros en braille, al tiempo que estimula su percepción auditiva. Cash Reader, una aplicación para detectar el valor de los billetes, nos asiste en la gestión monetaria; Bee my Eyes, una aplicación de visión artificial que emplea la cámara del teléfono para describir mediante un chat el contenido de una fotografía, nos ayuda a combinar la ropa de nuestros hijos, una forma social que nos evita ser juzgados como padres descuidados por llevar a nuestros niños vestidos de cualquier manera. Lo que resulta paradójico, pues mientras para otras familias la tecnología es vista como un agente de distanciamiento, claramente por un mal uso, a nosotros nos permite efectivizar el cuidado de nuestros hijos de formas que la sociedad, anclada en su imaginario normovisual, a menudo asume como imposibles para una persona ciega.

La interdependencia se extiende al ámbito profesional. Ronal, en sus audiencias telemáticas, se apoya en sus compañeros, en Zoom y el SATJE, para que "su discapacidad se vuelva irrelevante para el juez". Las herramientas permiten que su argumento como abogado litigante, y no su corporalidad, sea lo que se tome en cuenta para una decisión jurídica. Jorge, al leer el noticiero en la radio, usa JAWS o NVDA de manera tan fluida e integrada que comenta: "Muchos colegas videntes con quienes he trabajado virtualmente no tienen idea de que yo soy ciego". Esta percepción, según nos comenta, le posibilita competir con los otros de igual a igual sin tener que lidiar con prejuicios de una incapacidad ni con las miradas de falsa admiración que ya habíamos mencionado antes. Estas son instancias donde la mediación tecnológica no borra la diferencia, sino que la canaliza hacia una equivalencia funcional y hace visible nuestra competencia.

Si bien en esta interdependencia he enfatizado la productividad, soy consciente de que por sobre todo, la apuesta que hago pasa por el fortalecimiento del tejido social en compañía de la tecnología. Por eso, no puedo dejar de mencionar una de las iniciativas más recientes del mayor Luis Cueva, el grupo de WhatsApp "aviación sin barreras", creado en 2020 en pleno auge de los confinamientos por COVID-19. En palabras del propio Luis, se trata de "un espacio de apoyo emocional y circulación de ocio accesible", que revela cómo la tecnología también sirve para fortalecer el tejido comunitario, elimina el aislamiento impuesto por lógicas de exclusión y construye alianzas de cuerpos singulares que comparten decisiones y recursos: "Tenemos personas en el grupo que tienen, más allá de un problema visual, algún tipo de dificultad cognitiva. En el grupo se adaptan cosas que da gusto ver. Gente que inclusive piensa en quitarse la vida y luego dicen: 'Yo por qué no voy a salir si lo único que me ha pasado es que me he quedado ciego' ", añade el mayor Cueva con orgullo.

Vista la relación muchas veces dicotómica que mantenemos las personas con discapacidad visual con la tecnología, considero necesario poner en valor la accesibilidad universal, como principio y no como mero trámite o normativa que se cumple mínimamente. Eso implica analizar los ritmos, emociones y riesgos que vivimos las personas ciegas al interactuar con distintas herramientas tecnológicas. La accesibilidad universal muchas veces también supone codiseñar con quienes usarán la tecnología, pues hacerlo bien requiere escucha, pruebas y ajustes constantes. Con este trabajo, mis interlocutores y yo buscamos decolonizar la sensorialidad, reconociendo que no todas las formas de percibir son iguales ni deben adaptarse a una mirada hegemónica. Queremos visibilizar que la tecnología es política y, desde los márgenes, tejer interdependencias que sostengan una vida en común más justa, donde diversas maneras de ser y estar puedan coexistir en armonía.


Lista de referencias


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