AQUEL DÍA, 10 de septiembre de 2025, acudí a la sala Alfredo Pareja, en la Casa de la Cultura Ecuatoriana, seguro de que me encontraría con el poeta Oñate. Era el estreno del documental de su hijo Iñaki, Erase una vez en Quito, en el marco del Festival Encuentros del Otro Cine, EDOC. Incluso tenía previsto retarle porque no nos habíamos visto en mucho tiempo. "Ahora solo pasas en México", solía reclamarle. "México me adora", me contestaba, con ese aire de vanidad, tan suyo. Y tan único.
Pero no fue así. En el lobby de la sala me encontré más bien con dos buenos amigos: el escritor y diplomático Galo Galarza y el antropólogo Ramón Torres. Al iniciarse la función, Mariuxi Alemán -la directora de la Cinemateca Nacional- realizó un anuncio que nos paralizó: "Iñaki no puede acompañarnos porque el día de hoy falleció su padre". Nos miramos, y no podíamos creerlo. "Por favor, repita", le dijimos, casi al unísimo.
"Sí, esta tarde falleció su padre", dijo. ¿Iván Oñate? volvimos a preguntar, aún incrédulos. "Sí, Iván Oñate", ratificó Mariuxi. Y entonces Ramón pidió un minuto de silencio. Y todos inclinamos la cabeza y guardamos un doloroso silencio en honor al Poeta.
A Iván Oñate (Ambato, 1948) lo conocí en las aulas universitarias, en Ciencias de la Información de la Universidad Central. Fue mi profesor de Semiótica. Un gran maestro. Con su voz, segura y sonora, nos adentraba en los análisis de los textos, a través de Julia Cristeva, Wladimir Propp y Ronald Barthes. Pero sobre todo nos enseñó a amar a los grandes escritores. Las conversaciones se prolongaban fuera de las aulas. Noches enteras alrededor de Borges. En esas noches también me presentó su poesía. Recuerdo claramente cuando me entregó su libro En casa del ahorcado, que había publicado el Departamento de Cultura de la Universidad Central. "Para Pablito, con un saludo pleno de afecto", había escrito en la dedicatoria. Un libro que devoré de inmediato. Incluso memoricé el poema "Los enjaulados": "Lerdos/ bostezando en la gelatina incolora/donde flotan sus vidas, envejecen/ Vagabundos,/ de un lado a otro/ de otro a uno/ cargando papeles, envidia, caspa y/ desesperanza, bostezan..." (Oñate 1977, 81).
Años más tarde, en una entrevista personal para mi programa radial La noche boca arriba (1997), me confesaría que En casa del ahorcado es el libro que nunca olvida, que marcó su poética y que, por ello, siempre está presente: "Es el libro al cual más cariño le tengo. Nada puede compararse a cuando salió ese primer libro. Con lo que ahorraba de mi pequeño sueldo en la universidad, compraba el papel, las cartulinas. Y luego, rogar y hacer cola para que la universidad me publique. No tienes idea la maravilla que fue para mí cuando lo vi en el escaparate de una librería. Esa magia no la he vuelto a vivir nunca más".
En casa del ahorcado fue el libro que nos juntó, porque esas conversaciones alrededor de su poesía fueron las que cimentaron una amistad que duró el resto de su vida. Viajes y muchos libros compartidos; sueños comunes, algunos nunca realizados. Encuentros y noches felices. Visitas a los amigos cercanos, como las que realizábamos ciertos domingos a Xavier Lasso o al querido Leonardo Wild. O visitas a su casa, en Capelo, alguna vez con los Pedrados, con Iván Ney, su amigo cercano; o con Raúl Serrano Sánchez, para revisar sus textos antes de una publicación.
Lucía entonces un frondoso y negrísimo bigote y vestía, casi siempre, jeans y suéter, y una leva. Y, en ocasiones, un abrigo. De caminar lento, conversación pausada y reflexiva, y sonrisa fácil. Nunca abandonó su amor por Borges, la buena mesa, el mate, o el café y la Coca-Cola. Y por el cine, idolatraba a James Dean y Marlon Brandon. Y a las divas que en la pantalla se volvían diosas, únicas y divinas: "Y allí,/ delante de tus ojos,/ estaba ella: Elizabeth./ Nathalie./ Marilyn./ Y estaba yo: James Dean./ Monty Cliff./ Marlon Brando./ Los monstruos que moldearon tu vida./ Liz, hermosa Liz./ Nathalie, preciosa Nathalie./ Marilyn,/ ¿dónde estás Marilyn?" (Oñate 2013, 126).
Le entusiasmaba el tango, desde que jovencito llegó a Córdova, Argentina. Una estadía que definió su vida. Llegó a estudiar Arquitectura, pero regresó decidido a ser poeta. Allí aprendió a amar el tango, que incluso lo cantaba, con su voz a lo Goyeneche. Y hasta lo bailaba; mal, pero lo bailaba:
El Tango es como esos viejos amores que no los puedes olvidar. "El tango es un pensamiento triste que se baila", decía Discépolo. Y es por eso que me encanta. El tango tiene mucho de metafísica y filosofía. En cada hecho de bailar se cumple un argumento total de tu existencia; hay momentos de esplendor, pero también de sombra y de agonía final. (Entrevista personal)
El tango, por tanto, también está presente en su poesía, y lo decía en voz alta: "Bendito seas tango/ porque en mis noches de rabia y dolor/ me abracé a ti/ sin importar quién ponía la música/ y quién el llanto/ quién esta niebla de adiós, quién/ el reiterado argumento./ Bendito seas pendenciero ritual/ que en tiempos lejanos/ únicamente/ te profesaron los hombres..." (Oñate 1998, 73).
En Argentina, sin proponérselo y por sugerencia del poeta Amaro Nay, publica en 1968 su primer libro: Estadía poética. Y ya no hubo vuelta atrás. Más aún cuando se deslumbra con los cuentos de Cortázar, que lo marcarían -más tarde- cuando decidió escribir narrativa. Pero es Borges quien lo atrapa. Por Borges guardará siempre una extrema devoción. Y Borges fue quien lo llevó al fuego y a la precisión de la poesía: "Madre/ apiádate de Borges/ el enamorado. Cuídalo/ que no resbale. Tu niño está preso/ de la peor de las cegueras, / esa que permite ver la luz/ del otro lado, de todo/ lado". Poema que dedicó a María Esther Vásquez, quien remitió una carta al Poeta, de la que se enorgullecía (Oñate 1998, 57).
Aunque también le sorprendía la tristeza, la pesadumbre y la inconformidad que se transformaba en desolación, y de Borges pasaba, sin mediación alguna, a Cioran: "En el sitio/ y la hora atroz/ donde el mar/ devuelve a sus peces/ La veré desnuda/ Desnuda/ y con el tiempo caído a sus pies/ -como un camisón de tela cruda-/ vendrá la muerte... " (53).
Luego de terminar los talleres que el gran Miguel Donoso Pareja coordinó en la Casa de la Cultura Ecuatoriana, junto a Byron Rodríguez y Rubén D. Buitrón -compañeros en las aulas universitarias- y Gustavo Garzón -quien poco después fue desaparecido por las fuerzas policiales- creamos la revista La mosca zumba, con el afán de ejercer una crítica literaria distinta, en momentos en que la única crítica era la situación del país. Y llamamos al poeta Oñate para que nos orientara con los análisis semióticos en el quehacer poético y el ejercicio de la crítica. Y nos dijo: "No; deben ejercer la poesía, y la crítica, sin las ataduras teóricas de la semiótica". Y le hicimos caso.
Después, por afectos y afinidades literarias, me había incorporado al grupo de La pequeña lulupa, esa inquieta hembrita anacobera, que devino en el periódico Nuevadas e inmediatamente después en la revista Eskeletra. Entonces, el Poeta nos sorprendió con el poemario El ángel ajeno, en 1983, que lo escribió en Barcelona, en donde obtuvo un doctorado en Comunicación. Ciudad a la que viajó en un momento de profunda incertidumbre personal y vivencial: "Me fui en una época de crisis total, tenía que profundizar lo que amaba: la escritura. En Barcelona descubrí la maravilla de vivir solo. Vivimos y nos llenamos de estereotipos, y allá aprendí a apreciar la soledad. Y la libertad para aislarme. Barcelona me regaló el espejo de mi soledad" (entrevista personal).
Y esa soledad y ese reconstruirse está presente en todo el libro: "Angel, cuando di con tu vida/ yo era un hombre que venía de alguna mujer y/ de dos libros/ que encontré en alguna cama y sin asombro/ los perdí en alguna otra./ Ahora soy una disculpa" (Oñate 1983, 37).
La lectura de este y otros libros motivó prolongadas noches de conversa, siempre alrededor de la literatura, el cine y la vida. Conversaciones sobre la ética y la estética, que para el Poeta siempre fueron indisolubles:
Un poeta tiene que ser consecuente con lo que escribe. Entonces estamos en el campo de la estética; si yo soy poeta, epistemológicamente estoy contra el poder, la poesía es ruptura de la norma. Es estar contra las leyes y las imposiciones del lenguaje. El verdadero poeta rompe esas leyes, pero no anárquicamente, sino que lleva la ruptura hasta los extremos del sentido de la poesía, y encuentra nuevos ámbitos y nuevos giros. Mi ética nace de mi estética. No puedo estar a favor del poder, o estar sirviendo a algún poder. La concepción poética que tengo del mundo, me lo impide. (Entrevista personal)
Años prolíficos en los que publica dos libros, uno de poesía y otro de narrativa. Editorial El Conejo edita, en 1988, la Colección Metáfora, en la que se incluye el libro Anatomía del vacío: "Filtrándose por entre los barrotes de las dudas y las angustias que aquejan a los seres humanos, Oñate hunde sus preguntas en un mundo inundado de certezas 'evidentes'. Fija su mirada detrás de las sombras, debajo de los pisos y por las grietas indaga sobre la soledad. Sobre el vacío", se dice en la contraportada. Un poemario atravesado por la metafísica y la filosofía: "Era/ una línea de luz,/ Un verso tan perfecto/ que debí ponerme lentes de soldador/ para no caer enceguecido/ por esa cicatriz que palpé/ en el ombligo del ángel" (109). "Fuego de Bengala soy,/ e innecesaria es para mí/ cualquier otra celda en el mundo. Las sombras en mi piel/ delatan/ los barrotes/ de la cárcel que me habita" (123).
Poco antes, en 1987, aparece su primer libro de cuentos. Había iniciado una novela, cuando aún tenía inconcluso un libro de cuentos. Por sugerencia de Javier Vásconez, primero concluye su libro de cuentos, y así Oñate da el salto a la narrativa y publica El hacha enterrada, del que se han realizado múltiples ediciones. La primera fue una coedición con Oveja Negra, de Colombia, y El Conejo, en una edición de diez mil ejemplares, dentro de la colección Biblioteca de Literatura Ecuatoriana. Entonces, me confesó que el libro nació con suerte y que el cuento "El hacha enterrada", que da nombre al libro, ya estaba escrito:
El título obedeció a un llamado interior. Me dicen que siendo poeta, soy demasiado racionalista cuando escribo prosa. Pero este cuento me vino como una intuición interior; me vino una imagen de alguien que saltaba un muro y enterraba un hacha. El cuento ya estaba escrito, solo tenía que ir descubriéndolo. Pero el autor y el protagonista estábamos equivocados. El hombre no fue a enterrar sino a desenterrar un hacha. Y esa es la clave. (Entrevista personal)
Ediciones Libri Mundi publica, en 1992, El fulgor de los desollados, un poemario alrededor de sus propios mitos, aquellos que se fueron forjando desde adolescente en su natal Ambato, como cuando iba al cine en el teatro Lalama y desde la galería se quedaba alucinado con las películas en blanco y negro:
Incapaz de aceptar la superstición cotidiana de la vida, irónicamente Oñate se refugia en los mitos de la adolescencia -James Dean, el amor, el señuelo de la felicidad- con un fervor tan solo comparable al desasosiego producido por sus revelaciones. El descreimiento del mito y la realidad, hacen de Iván Oñate un poeta singular [se dice en la contraportada].
Ciertamente, un poeta singular, pero ¿acaso no todo buen poeta es singular? Una voz que se ha ido puliendo con el ejercicio poético, como un escultor va moldeando, con un sensible cincel, cada figura, solo que Oñate lo hace como si se tratara de desollar cada verso, cada palabra: "Yo que arremetí contra el futuro/ Que del mundo / hice un paisaje reseco y adverso/ A último momento/ tornarme ecologista/ Y todo/ Porque habían talado/ un árbol/ El único árbol/ Que yo elegí para colgarme" (92).
Cuando nació Eskeletra Editorial, casi espontáneamente, le propusimos publicar una nueva edición -cuidada y definitiva- de El hacha enterrada, que había amasado una gran cantidad de lectores y, es más, fieles seguidores:
En estos ocho cuentos lo que está sucediendo, por nimio que parezca, siempre desencadena fuerzas oscuras; tanto el lector como los personajes ahondan en el presentimiento de que el verdadero juego se está dando en otro lado, que algo terrible se aproxima y que la única actitud consecuente del individuo, en cualquier situación, es acudir a la cita, transgredir los mezquinos límites de lo cotidiano, provocar la revelación, aunque su ciego esplendor conlleve el aniquilamiento [se decía en la contraportada].
Se añadió un "cintillo" en el cual el escritor Abdón Ubidia afirmó: "Felicitaciones Poeta. Por fin leo cuentos con situación, atmósfera y personajes. Creía que en este país todo el mundo andaba encandilado con el sonsonete de las puras palabras" (Oñate 1997).
Posteriormente, Mayor Books publicó el cuento "La superstición de Furio", que forma parte de El hacha enterrada:
Narra las vicisitudes de Furio, un joven pintor italiano, dueño de un talento tal vez comparable al mismísimo Leonardo Da Vinci, solamente que nuestro pintor está realizando una obra tan maravillosa como la Capilla Sixtina, pero en secreto y en el sótano de la casa. De allí nace la intriga que será resuelta en el último renglón del cuento [escribieron los editores en la solapa].
Tiempos de una febril actividad artística y un activo movimiento cultural en Quito. Años inquietos y de un vértigo constante. Eskeletra se había ampliado a una corporación para la organización del Festival de Poesía y los encuentros de escritores. Invitamos a destacados poetas del continente. Y la respuesta fue sorprendente; centenares de personas ávidas de poesía llenaban el gran salón de la Fundación Guayasamín para escuchar atentamente la voz de los poetas, entre ellas la de Iván Oñate, quien fue parte de la primera edición. Entusiasmado compartió charlas con Carmen Ollé, del Perú; Carlos Nejar, de Brasil; Jaime Quezada, de Chile; Rafael del Castillo, de Colombia; Lucía Estrada, de Costa Rica; y José Luis Cendejas, de México. Al siguiente año, en la segunda edición, compartió no solo poesía sino infinitas charlas con Jotamario Arbelaez, de Colombia; y Giovana Polarolo, del Perú. Conversaciones que convirtieron a la palabra en la única luz que despertaba la noche.
Paralelamente al Festival de Poesía, publicamos la colección "La última cena, la primera del nuevo milenio", en la cual apareció La nada sagrada (1998), un precioso poemario que consolidó a Oñate como un poeta mayor de nuestras letras: "Un libro donde el poeta parece decirnos que después del esplendor y la destrucción del amor solo resta un mundo inconexo y sin sentido. Un viaje que nos devuelve al absurdo mientras no agote su movimiento aquel tranvía llamado deseo", escribimos en la tapa del libro.
Una colección que reunió a otros cinco poetas ecuatorianos: Alexis Naranjo, María Aveiga, Leopoldo Tovar, Violeta Luna, y la poesía de Huilo Ruales. El propio Poeta, en el prólogo de su libro, escribió: "Porque para la poesía -y presumo que también para el amor- no hay otra musculatura que esa capacidad de nostalgia que llevas en tu sangre y se enraíza más allá de la duración, más allá de toda muerte" (10).
"Nada que surge de la nada, nada que resplandece entre dos nadas; nada que ha de lastimarnos con su rayo sagrado", me confesaba, entonces, en una larga entrevista para la revista Vistazo. La nada y el vacío, juntos. Un poemario en el cual el poeta, al contrario del mito de que Orfeo rescata a Eurídice, en la última cena del milenio el vate sabe que ya no hay salvación, que después del esplendor y de la destrucción del amor, solo resta la locura: "Todos los paraísos son imprecisos, solamente el dolor tiene la precisión del infierno", me dijo muy seguro. Entonces -le pregunté- como aseguró Nietzsche, ¿Dios ha muerto?: "No, Dios no ha muerto, está ausente; es un Dios ateo: es el único que no tiene a quién recurrir por amparo, no tiene en quién creer, a quién rogar. Dios es la imagen de un poeta: un creador solitario" (Salgado 1998, 84).
El escritor lojano Carlos Carrión (2000), deslumbrado por la poética de Oñate escribió, en la edición de Mayor Books: "Es una poesía asombrosa, grande, no sicológica, sino existencial, dueña absoluta de un poder de purga de la tiniebla del corazón del hombre. Lo acorrala dentro de sí mismo, sin un solo subterfugio de lenguaje y lo desnuda para siempre, como en una cámara de gas de Treblinka o en el juicio final" (solapa).
Después fuimos juntos a su ciudad natal, Ambato, para el recordado encuentro de escritores "Nuevos nombres, nuevos lenguajes, escribir a fines de siglo". El Poeta vivió a plena intensidad aquel encuentro con los escritores latinoamericanos invitados: Antonio Cisneros, Rafael Courtoisie, Juan Forn, Federico Díaz Granados, Pía Barros, entre tantos otros. También con los jóvenes escritores y escritoras nacionales, irreverentes y osados, que convirtieron a aquel encuentro en un "trozo de kriptonita contra la muerte". Días y noches intensos de reflexión y discusión. Y de disfrute.
Un día de 1999 recibí una invitación de los amigos de la revista Ulrika, de Bogotá, para ser parte del Festival de Poesía en la Casa Silva. Y ¡oh! grata coincidencia, también fue invitado el poeta Oñate. Viajamos juntos a Bogotá, en donde nos recibió con su amabilidad única la querida y recordada Mercedes Carranza. Compartimos habitación, así que nos acercamos aún más, a través de conversaciones más íntimas, cercanas y familiares. Fueron días plagados de poesía. Conocimos a varios queridos poetas: Diego Maqueira, de Chile; Anibal Beça, de Brasil; Jeanette Amit, de Costa Rica; y Margarito Cuellar, de México, con quien nos atrevimos a viajar, para un recital, hasta Villavicencio, en el límite del territorio tomado por la guerrilla. Los amigos de Ulrika nos dijeron: "Si no quieren ir, no hay problema. Si amanecen con dolor de estómago, lo entenderemos". El espíritu periodístico me animó, y antes de salir a ese viaje incierto debí dejar todos mis datos, direcciones y los contactos de mi familia, en caso de que sucediera algo, con Iván. "La adrenalina te atrae", me dijo al despedirme con un cálido abrazo.
Al poco tiempo se publicó, en la Revista Casa Silva (2000), una selección de poesía de los escritores que participamos en el festival, y un artículo de Oñate titulado: "Perspectivas para el tercer milenio", en el cual confesaba: "Soy poeta por inaptitud para salvarme, porque para un poeta todo le es posible, salvo su propia existencia. Supongo que por este hecho busco auxilio en la prosa. En la prosa acepto mi capacidad de durar, de permanencia, de historia. En la poesía me niego a renunciar a la eternidad del instante" (141).
Un número, además, vaya coincidencia, que incluía un dossier sobre Borges.
Poco antes, en 1995, apareció una travesura que marcó un camino para las revistas en la ciudad, "Mango, las palabras de la piel". Una revista que contenía artículos, crónicas, literatura y fotografía erótica. Un proyecto al que se sumaron, con entusiasmo, varios escritores: Miguel Donoso, Pedro Saad H., Solange Altamirano, Abdón Ubidia, Alfonso Reece y, claro, Iván Oñate. La revista fue dirigida por Alejandro Velasco, primero, y luego por Miguelangel Zambrano. Allí se publicó también una entrevista al Poeta, realizada por Otto Zambrano (1997), en la cual cuenta detalles de su época de rockero juvenil: "La música me condujo a la poesía. Hay momentos en que me gustaría hacer lo contrario. Crear una canción para todos aquellos hermosos seres que me acompañaron en la vida. Cuando era el muchacho que cantaba rock, todos ellos eran una ilusión, un sueño por venir". Además, asumía que su vida solo tenía sentido cuando escribe: "Apuesto por la poesía. Por el vértigo que surge en todo riesgo. La poesía auténtica surge de extremar el lenguaje hasta su límite, hasta el vértigo del sentido. Me identifico con la literatura que pone en entredicho la realidad que piso, ésa que me empuja hasta mi propio límite y me instala en mi propio vértigo" (4).
La entrevista estaba, además, ilustrada con una fotografía, coloreada al estilo pop-art, de un jovensísimo Iván. Ilustración de la que siempre presumía.
Sus textos empezaron a leerse en el exterior y a ser traducidos. Fue incluido en diversas antologías, por ejemplo, en Cuentos hispanoamericanos, de Erna Brandenberger, en Alemania, en 1992. En Poesía viva del Ecuador, una antología de editorial Grijalbo, curada por Jorgenrique Adoum. Y también en la Antología de la Literatura Hispanoamericana del siglo XX, publicada en Francia, en 1993, por Jean Franco y Jean-Marie Lemogodeuc, quienes afirmaron: "Probablemente es el poeta más original de la nueva generación de poetas hispanoamericanos" (68).
Con los años, su presencia en el exterior se fue expandiendo. Fue invitado al I Encuentro de Poetas Iberoamericanos, en Londres. Y ese encuentro, de muchas maneras, le cambió la vida, no solo porque se conectó con poetas de varios países europeos, sino porque su poesía llegó a otros públicos. Eran días -sin redes sociales- de múltiples dificulades para visibilizar la literatura ecuatoriana en el mundo. De ahí que, luego, su poesía y narrativa fueran reconocidas en otras latitudes, y traducidas a varios idiomas: inglés, francés, griego, rumano, polaco, italiano y portugués.
Surgieron, algo no muy común con nuestros escritores -más aún en aquellos años- invitaciones a ofrecer charlas, conferencias y recitales en prestigiosas universidades del exterior: University of Westminster, Londres; A&M Texas University; Universidad de Nueva York; George Mason; University Washington; Florida State University; Universidad de Lieja; Universidad de Lille, Francia; University Lovaina, Belgica; Universidad de Salamanca, entre otras. Sobre todo, invitaciones a México, país que lo acogió con calidez. Ahí se convirtió en un "mimado" de la crítica y las aulas universitarias. Su poesía había alcanzado una profundidad y madurez que sedujo a docentes, poetas y lectores del país azteca.
Pero no nos apresuremos; en 1995 publicó el cuento "La canción de mi compañero de celda", editado por Libri Mundi, con una tinta de Oswaldo Viteri en la portada. Un cuento en el cual el autor reseña la relación de padre e hijo, pero de una manera diferente, no cimentada en las relaciones de poder. Cuento que el Poeta me dedicó con una frase: "Un abrazo por todos aquellos felices días". Sí, eran días felices compartidos a través de constantes reflexiones, dudas existenciales, apegos y desapegos. Pero siempre bajo la sombra de un profundo cariño. Conversar con el Poeta era también cuestionar y cuestionarnos. Hurgar en las sombras de ese "país de las tinieblas" que tanto nos asombraba y, al mismo tiempo, tanto nos dolía. Y nos duele. Y no hay más alternativa que reberlarse, subvertir el orden: "La literatura se erige como el discurso del antipoder. Es la rebelde con y sin causa de las epistemologías oficiales. Justamente, la poesía es subversiva porque cuestiona la moral, los dogmas y los encantadores almuerzos con que se nutre el poder" (Salgado 2000, 85).
El país de las tinieblas aparece en México, en 2008. Miguel Ángel Zapata (2016), al referirse a este poemario, escribió para la edición que Editorial Summa publicó en Lima: "Iván Oñate trabaja con esmero la metáfora de la estrella y la ceniza, el cielo y el abandono del amor. Entre la tiniebla y la maravilla, el poeta descubre el faro que guía su viaje como Dante, y entre trenes y ciudades, se sumerge bajo la espersura de un país o un muro de hielo" (contraportada).
Efectivamente, Oñate lo tiene claro:
Un poeta que no sea fiel al amor, a ese fuego y búsqueda, está muerto. ¿Qué es lo que se parece al fuego del amor y al de la poesía? Es el mismo impulso. Es el movimiento que le lleva al sujeto hacia el objeto del amor, llámese poesía o llámese una mujer. Y ¿qué es lo que estás buscando? Que ese objeto se transforme en sujeto, que cobre vida, que se vuelva activo. Que te transforme a ti en objeto de amor. Entonces, se opera el milagro. (Entrevista personal)
Iván presumía también de su heredad vasca. Oñate es un apellido vasco, "un pueblo aguerrido y resuelto", me dijo alguna vez. Por ello, cuando nació su segundo hijo, lo bautizó como Ignacio, pero lo llamaba Iñaki, como habrían hecho los vascos.
En tanto, seguía ejerciendo la cátedra universitaria. Pero llegó un momento en el que se cansó de la docencia, sobre todo cuando a menudo reñía con un decano -afiliado al movimiento político "chino"- que tenía una visión particularmente cerrada de la cátedra. Lo fastidiaba por las actividades extracurriculares que Iván solía organizar, como recitales con los poetas que visitaban la ciudad. Con ocasión del Festival de Eskeletra, los poetas acudieron a una lectura en el auditorio de la Facultad de Filosofía y Letras, y el Poeta les entregó un sello de la Universidad Central que, a manera de reconocimiento y agradecimiento, colocó en la solapa de los escritores. Eran recitales poéticos, lecturas, que los estudiantes disfrutaban.
Ese cansancio hizo que buscara la playa. Adquirió una casa en Atacames y empezó a viajar a menudo con su familia o los amigos, a conectarse con el mar, con los pescadores, con quienes -en ocasiones- salía a navegar en sus pequeñas embarcaciones. Hasta que un día, la frágil lancha naufragó. El Poeta se cubrió de mar y se llenó de angustia al sentir que la sombra de la muerte lo cubría. Se asustó tanto que, como un necesario acto de sobrevivencia y sanación, escribió el poemario Cuando morí, editado en 2012, cuya primera edición publicó Ediciones Sin Nombre de México; la segunda la realizó Mayor Books en 2013: "Para levantarme la tapa de los cesos/ no hizo falta una Mágnun 44/ o la Lugger/ que portaba Marlon Brandon/ en el 'Baile de los malditos'./ Bastó mi dedo índice./ Mi dedo índice apuntando mi sien./ Fue un suicidio íntimo, discreto./ Silencioso" (Oñate 2013, 134).
En 2022, el Ángel editor publica una antología resumida de la obra poética de Oñate. Lleva por título Rumbbb...Trrraprrr rrach...chaz over, en alusión a uno de los grandes poetas universales, el cholo César Vallejo, otro de los poetas cercanos a Oñate. El nombre de la antología hace referencia a un poema que apareció en La nada sagrada, con un epígrafe del poema de Vallejo: "Rumbbb...Trrraprrr rrach...chaz", en "Trilce XXII". Si bien, sus formas de entender la poesía difieren, Oñate y Vallejo se encuentran en esa pasión por la escritura y la vida, pues la una y la otra no pueden separarse, están indisolublemente juntas. El cholo vivió como escribió.
En el prólogo de esta antología, el español Rafael Soler (2022) inunda de elogios el quehacer poético de Oñate:
Decir lo justo porque en poesía lo que no suma resta, y hacerlo con el escalpelo de la ironía, para ofrecernos lo contrario de lo que se quiere dar a entender, arte que prodiga Oñate sin aspavientos ni ruido, cerrando un poema de forma inesperada, dándole ese quiebre que, desconcertado, agradece el lector. Poeta completo, asertivo cuando toca, íntimo, descarnadamente tierno pese a sus versos pedernal, poeta en militante disputa con la vida, que se escapa y, sin permiso, vuelve, poeta ángel para los ángeles poetas, guardián celoso de la palabra. (8)
En los últimos años, México fue su nueva casa. Allí encontró en los docentes universitarios a interlocutores que, a diferencia de Ecuador, le permitían entablar diálogos, reflexiones y discusiones en torno a las nuevas concepciones de la poesía y la literatura. Encontró también lectores atentos que recibían al Poeta con entusiasmo. Aunque el Poeta, en una entrevista con el diario El Comercio, reconoció que su vínculo con México nace desde siempre: "Mi relación con México viene desde mi infancia, desde el blanco y negro del cine mexicano, y estrellas como Ana Bertha Lepe o Lilia Prado, se irán conmigo, porque con ellas nació eso que más tarde sería el deseo. El deseo en todos sus sentidos, lingüística, epistemológica y psicoanalíticamente hablando" (El Comercio 2010, B2).
En esos años, también compartió lecturas y encuentros con José Emilio Pacheco, Juan Gelman, Piedad Bonet, Marco Fonz, Gioconda Belli, Rafael Cadenas, entre otros. Es más, incluso los medios de comunicación demandaban su presencia. La televisión lo invitaba a sus programas. -"Claro, en México sí hay programas de libros", me decía, como retándome-. En una ocasión lo invitaron a CNN y me remitió la grabación. Lucía Navarro lo había invitado a platicar sobre su libro Cuando morí. Y otro día, orgulloso, me contaba su encuentro con Mario Vargas Llosa, cuando coincidieron en la Casa Cultural de las Américas, en Houston. Así era el Poeta. Presumía no solo su literatura, sino sus hechos cotidianos. Así lo queríamos y admirábamos. Igual a su compañera Magdalena, también docente universitaria, psicóloga y ensayista. Gracias a sus hijos es posible encontrar con facilidad sus textos. Javier, músico y diseñador, creó Mayor Books para publicar los libros de su padre; e Iñaki -cineasta- ha grabado y subido a las plataformas digitales numerosos poemas leídos por el propio Poeta, o en forma de pequeños cortos visuales.
Los poemas de Oñate no necesitan de adornos o de ornamentos, o de ese inútil juego con el lenguaje, no. Tampoco de fiorituras, tan comunes en cierta poesía ecuatoriana, que son como flores secas que se lleva el viento. La poesía de Oñate, en estos últimos años, es precisa, justa y contundente. Busca, y consigue, el verso que da en el blanco. No admite concesiones. Es la palabra, desnuda, la que seduce y encanta al lector.
En la antología que ya mencionamos, Rumbbb...Trrraprrr rrach... chaz over, se incluyen varios poemas inéditos bajo el título de "Poemas del derribo", en los que se corrobora lo dicho: "Talvez/ Nos veremos allá / Donde cuelgan los suicidas". U: "Hombres/ Olvidados de Dios/ Y de los propios hombres. /Ahora soy uno de ellos/ Aquí no hay ayer/ Tampoco mañana" (2022, 180).
También en estos poemas, y en varios de los últimos años, es notoria la presencia de México, ya sea a través de lugares que el Poeta visita, o de símbolos de su cultura, de su religiosidad y su gastronomía: "Virgen de Guadalupe/ Virgencita linda/ Cuida mi amor que no muera/ ahora/ que yo he muerto..." (184).
Una vez retirado de la docencia universitaria, se dedicó a la tarea de recuperar una publicación centenaria y emblemática de la Universidad Central del Ecuador, la revista Anales. Le dio un nuevo concepto, conformó un cuerpo solvente de colaboradores, un comité editorial que incluía a representantes de otras universidades, un nuevo diseño y contenidos amplios y plurales. Revista -en formato libro- que el Poeta siempre cargaba en sus viajes. También incorporó la poesía, en especial de los emergentes o los poco conocidos, como el de los poetas de la provincia de El Oro, en el número 380, de 2022, una selección curada por Raúl Serrano Sánchez, con quien, a inicios de 2000, implementó un gran proyecto de difusión de nuestros autores, el sitio web: www.literaturaecuatoriana.com. En ese mismo número de Anales, Ivan dialoga, alrededor de la filosofía, con el entonces rector Fernando Sempértegui. Diálogo en el cual aparece, cuando no, Borges: "Yo comparto tu admiración por Borges. Porque, desde la poesía, conduce al lector a reflexiones insondables, que en el fondo son reflexiones sobre el ser. Son filosofía", afirma Sempértegui (157).
Con los años, el bigote y el cabello empezaron a tornarse canos. Y el Poeta decidió dejarse crecer la barba, aún más blanca, lo que le dio una apariencia de maestro sabio y/o profeta. La Universidad Central, en marzo de 2024, le concedió el doctorado honoris causa, en reconocimiento a su trayectoria, su contribución a la comunidad universitaria y a la sociedad. Merecido reconocimiento. Fue uno de los últimos actos públicos a los que el Poeta asistió en Quito.
Sin embargo, su inesperada partida nos dejó un gran pendiente: su novela. Una novela que la anunció hace varios años, pero nunca se decidió a publicarla. La novela pasó por numerosas reescrituras, pero nunca quedó conforme, a pesar de que en una entrevista personal me aseguró que estaba concluida y lista:
La novela está terminada, pero sucede que me metí en camisa de once varas, quería escribir algo diferente. Mi novela tiene que ver con un biólogo, un científico, por lo que he debido estudiar arduamente biología, para darle verosimilitud al personaje, y no cometer pifias. Es una novela de gran aliento. (Entrevista personal)
Varias son las publicaciones que, en estos años, se han realizado de su poesía en varios países, ya sea reediciones de sus libros anteriores, recopilaciones o selecciones de su poesía, como el caso de Poesía efímera, en Honduras, 2025. O El país de las tinieblas, en la colección Primavera poética, de editorial Summa, de Lima, y que fue la última dedicatoria que el Poeta me escribió: "Pablito querido, este 'País' en homenaje a tu nobleza, a tu talento, a tu amistad, con un profundo abrazo". Así era el Poeta, generoso y leal con sus amigos; consecuente con sus ideas y de una honestidad intelectual y humana a toda prueba.
Permanece en mi memoria lo que alguna vez, en esas tantas noches compartidas, me dijo con su voz pausada: "La poesía no es sino la ceniza, los resabios, la constancia de algo que te quemó. Y eso es lo más importante para el poeta". Y sí, su poesía se queda con nosotros. Y nos seguirá quemando.