Entrevista
Andares: Revista de Derechos Humanos y de la
Naturaleza
No. 10 (Julio-Diciembre, 2026), pp. 116-119. e-ISSN: 2953-6782
jsandoval@ubiobio.cl
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carlos.reyes@uasb.edu.ec
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Cómo citar: Sandoval Díaz, José y Carlos Reyes Valenzuela. «La crisis climática como crisis civilizatoria: Ecología política, derechos humanos y territorios en disputa». Andares: Revista de Derechos Humanos y de la Naturaleza, n.° 10 (2026): 116-119. https://doi.org/10.32719/29536782.2026.10.10
En esta entrevista, Alexander Panez, doctor en Geografía y académico del Departamento de Estudios Territoriales y Diálogos Interculturales de la Universidad de Playa Ancha, Chile, reflexiona sobre la crisis climática desde la ecología política latinoamericana, a partir de su trayectoria de investigación y activismo en torno a la defensa del agua, los territorios, las zonas de sacrificio y los conflictos socioecológicos en Chile. La conversación aborda los límites de nombrar la crisis climática como "emergencia", el papel defensivo de los derechos humanos, las narrativas empresariales sobre sostenibilidad, las dificultades de articulación territorial y los desafíos de pensar la recuperación socioambiental en un planeta dañado.
Alexander Panez: Yo siempre menciono que lo que me llevó a hacer un doctorado en Geografía, en Brasil, en la Universidad Federal Fluminense, fue mi experiencia de estar viviendo y trabajando, y también siendo parte de un activismo por la defensa del agua y del territorio en la región de Pe-torca, en el Valle Central de Chile. Esa experiencia, que fue muy intensa entre los años 2008 y 2013, me constituye. Eso me llevó a decir: "Bueno, estas son cosas que estamos viviendo y que necesito comprender", y ahí poder hacer un diálogo con la academia y con la universidad, pero con una academia que se plantea desde una posición distinta. En ese camino conocí los trabajos de Carlos Walter Porto-Gonçalves, un geógrafo brasileño que venía trabajando desde los años 80 con Chico Mendes y con las organizaciones de los seringueiros en la Amazonía. Él tenía una visión de la geografía desde los movimientos, desde las acciones que están haciendo las comunidades en distintos territorios rurales. Esa fue una conexión importante. Y actualmente estoy cerrando una investigación sobre el avance del agronegocio en el Valle Central de Chile, pensando en cómo se territorializa y se desplaza hacia el sur del país buscando mayor disponibilidad de agua y condiciones climáticas futuras. También participé en un proyecto sobre zonas de sacrificio en Huasco, Quintero-Puchuncaví y Coronel, y ahora estoy en un proyecto sobre crisis climática llamado "Pluriversos climáticos", donde tratamos de preguntarnos qué otras experiencias se están tejiendo a nivel territorial y cómo descolonizar la propia discusión sobre el cambio climático.
AP: Es una pregunta grande. Hay una cosa que tiene que ver con la idea de la emergencia. Yo entiendo que, dentro del movimiento ambientalista y territorial, la idea de tildar algo como "emergencia" busca colocar un sentido de urgencia. Ahora, por ejemplo, en el caso de Petorca, cuando hablábamos de crisis hídrica y de que había una situación de emergencia, tenían que entregarse camiones de agua, camiones aljibe. Eran acciones de emergencia. Pero esta situación se alarga por quince años. Entonces, una situación que se está alargando por quince años deja de ser necesariamente una emergencia, como algo que emerge, algo coyuntural. Ahí creo que se trata de algo más crónico y estructural. Por eso me sitúo más desde la idea de crisis climática.
Más allá de si hablamos de emergencia o de crisis, lo importante es desde qué referencias lo hacemos, porque la ecología política tampoco es homogénea. Yo particularmente me sitúo en una ecología política que se lee desde América Latina, desde Abya Yala, con perspectivas desde los pueblos y los territorios, pero también en diálogo con el pensamiento crítico, sobre todo con el marxismo. Ahí hay una primera divergencia sobre cómo se inserta la crisis climática dentro de todos estos campos. Hay una lectura habitual que nos dice que estamos en un escenario de crisis simultáneas: crisis social, crisis política, crisis económica y, además, crisis ambiental. También hay paradigmas que plantean que hay procesos sociopolíticos y, por otro lado, un proceso mayor de cambio ambiental global. Es una lectura que diferencia campos que se vinculan y se afectan mutuamente, pero que operarían en temporalidades distintas. Desde la lectura con la que concuerdo, la crisis climática no es una crisis simultánea o paralela a otras crisis, sino parte de una crisis sistémica. Es una manifestación radical y muy peligrosa de una crisis del sistema mundo moderno-colonial. En el fondo, es una crisis de la modernidad capitalista y, por eso, también una crisis civilizatoria: una crisis de un principio de ordenamiento y comprensión del mundo que viene de larga duración [...]. Dentro de eso tenemos la crisis climática.
AP: Es una discusión complicada, porque tiene que ver con la discusión del Estado. El Estado-nación moderno forma parte de este mismo ciclo, sobre todo después del Tratado de Westfalia, cuando se establecen ciertos principios básicos que nos guían hasta ahora: la soberanía de cada Estado sobre un determinado territorio, la no injerencia de un Estado sobre otro y una gobernanza interestatal que, después de varios siglos, termina derivando en lo que hoy tenemos con el sistema de Naciones Unidas. Entonces, el Estado es parte de esta misma trayectoria y también forma parte de la crisis. Eso se conecta con una discusión grande: si el Estado-nación forma parte de la misma crisis sistémica, ¿qué hacer con el Estado? Algunos dicen: "El problema es el Estado, porque el Estado es parte de esto". Pero, al mismo tiempo, estamos en un momento de descomposición y no sabemos qué viene hacia adelante. Lo que viene es un escenario abierto y una de las posibilidades es que sea peor que el modelo de sociedad y de organización de la vida que existe actualmente. Por eso, en un momento en que las movilizaciones y las luchas sociales tampoco están en un alza impresionante, hay ciertos pisos mínimos que tenemos que defender. Uno de esos aspectos son los derechos humanos y hoy estamos en un escenario en que el Estado está en crisis, pero también en que hay discursos de ataque a esta propia idea básica de los derechos humanos como piso de convivencia. Esto se vuelve más difícil con los avances de la extrema derecha. Hace una década, desde los movimientos, planteábamos que la discusión de los derechos humanos era necesaria, pero defensiva; no necesariamente planteaba un escenario de futuro sobre qué otra forma de organización de la sociedad y de reproducción de la vida queríamos construir. Pero ahora estamos en un escenario en que, por lo menos, tenemos que defender eso. Las posibilidades de acción dentro del Estado-nación son principalmente defensivas. Creo que hay que interpelar al Estado, marcar una agenda y un mandato sobre cosas que tienen que hacerse. Pero también es importante vislumbrar la acumulación de fuerza y organización en otros campos, también fuera del Estado.
AP: Creo que es muy importante pensar cuáles son los proyectos políticos que están en funcionamiento; no solamente cómo se están moviendo en la actualidad, sino cuáles son las proyecciones de futuro que distintas actorías están generando, tanto el Estado como el sector privado. En el caso del agronegocio, lo que he ido identificando es que se trata de un actor complejo, porque es muy reticular: son varios productores agrícolas, empresas comercializadoras, agricultores medianos o grandes. Es un entramado mucho más diversificado que, por ejemplo, el campo de la minería, donde tienes grandes empresas con operaciones más concentradas. A pesar de esa diversificación, tiendo a pensar que hay un grupo hegemónico dentro de ese campo que sí tiene una lectura de futuro. Esa lectura tiene que ver, por un lado, con la permanencia y subsistencia de su propia actividad económica; y, por otro, con una visión de futuro que busca legitimidad. Ahí aparecen narrativas que buscan generar consenso e instalar la idea de que lo que le conviene a ese sector le conviene a todo el mundo. Es muy curioso que el agronegocio utilice estratégicamente la narrativa del cambio climático como aquel fenómeno que nos impacta de manera indiferenciada y que puede servir como explicación respecto de ciertas cosas que están ocurriendo en campos donde ellos están involucrados en conflictos, para desligarse de responsabilidad. Entonces, es fácil utilizar la gramática del cambio climático como algo frente a lo cual, supuestamente, no se tiene responsabilidad. Pero, al mismo tiempo, hay un sector que sí entiende que existe un escenario cambiante y que necesita generar mayor productividad, rendimiento, cultivos más adaptables y buscar las mejores condiciones para hacerlo. Entonces estamos ante un escenario nuevo en términos de las posibilidades de resistencia y de cómo la narrativa del cambio climático se está utilizando para nuevas formas de avance territorial.
AP: Creo que hemos tenido una experiencia muy potente de politización. Lo que vimos, por ejemplo, en el caso de la defensa del agua y el territorio, fue un proceso de politización en varios sentidos. Primero, comprender que lo que me está ocurriendo a mí y la situación que estoy viviendo en mi territorio, en la escala local, se conecta con una dimensión más estructural: con un sistema de normas que tiene el país, con sus leyes, códigos y constitución. Eso es politización: comprender tu problemática en un campo mayor. Además, no solamente me ocurre a mí, sino que está ocurriéndole a otros territorios. Ahí hubo procesos de articulación y conexión, y surgieron movimientos como Modatima, el Movimiento de Defensa por el Acceso al Agua, la Tierra y la Protección del Medioambiente, o el Movimiento por el Agua y los Territorios. Pero, por otro lado, veo que hay una dificultad, creo que esas experiencias no lograban conectar de manera más intensa con procesos que estaban ocurriendo a nivel territorial. Había varios territorios y regiones involucradas, pero todavía estábamos hablando de un grupo de personas más movilizadas, quizás más identificadas con el campo del ambientalismo, y no necesariamente de un contingente mayor de personas que habitan esos territorios. No es casual que a veces tengamos figuras que aparecen desde movimientos o agrupaciones, pero no logremos que haya un conjunto mayor de colectivos que provenga de cada territorio y se articule desde ahí. Obviamente, eso es difícil, pero es un tema importante. También hay una conversación necesaria sobre cuáles son las propuestas políticas y los horizontes políticos que se tejen desde los movimientos para hablarle al resto de la sociedad. Entonces, creo que una de las grandes disputas tiene que ver con el sentido común: cómo se logran construir otros códigos, otras referencias y otras explicaciones que dialoguen con un sentido común enraizado territorialmente.
AP: Nosotros hicimos un trabajo durante tres años en torno a la discusión de las zonas de sacrificio, planteándonos qué posibilidades había de pensar el paso de zonas de sacrificio a zonas de recuperación socioambiental. Lo que vimos es que hay una relación muy ambivalente con la idea de zona de sacrificio: etiquetar un lugar como zona de sacrificio genera impacto y logra visibilizar lo que está ocurriendo. Tratamos de ir más allá del debate estadounidense sobre justicia ambiental y pensar referencias como Frantz Fanon, cuando habla de las zonas del no ser y las zonas del ser, en torno a la idea de que hay una jerarquización de poder que define ciertas áreas del mundo y una cierta escala respecto al valor de la vida. Hay territorios próximos, pero el valor de las vidas es muy distinto. Entonces, la idea de que hay personas cuyas vidas pueden ser sacrificadas es muy violenta; pero, al mismo tiempo, la gente de las comunidades quería que se reconociera que estaban viviendo en una zona de sacrificio. Por un lado, nombrar la zona de sacrificio permite visibilizar el aspecto más dramático de esa jerarquización en torno a la vida. Pero, por otro, también veíamos mucha resistencia a la propia denominación de sacrificio. Ahí aparece de nuevo la conversación con los derechos humanos, porque han permitido misiones de observación y judicialización y mostrar que las personas afectadas por relaves mineros o por distintos impactos de la minería están viendo vulnerados sus derechos. Pero suele ocurrir una distorsión: la discusión queda colocada en el marco de la vulneración del derecho y de la víctima, y el relato puede volverse muy victimizante, como si las personas que habitan esos territorios fueran solamente afectadas y no pudieran construir una propuesta política. Por eso se ha hablado de territorios de sacrificio, o de mujeres en zonas de sacrificio, pero en resistencia, para darle agenciamiento.
En esa discusión hablábamos también del principio de recuperación socioambiental. No era casual, porque queríamos cuestionar la noción clásica de restauración ecológica, muy asociada a la idea de volver a un punto de origen anterior a la perturbación. Para quienes venimos de las ciencias sociales y de la ecología política eso es problemático, porque ¿cuál es ese origen? Además, no se trata solo de que un humedal esté contaminado, de que se haya reducido la biodiversidad, de que el agua esté contaminada o de que los cuerpos tengan metales pesados. Hay una ruptura de la trama de la vida en general, que son relaciones socionaturales, en las que lo social y lo ambiental no pueden estar separados: las relaciones sociales, comunitarias y toda la territorialidad de las personas que viven en ese lugar también han sido degradadas. Eso debe ser considerado cuando hablamos de reparación, restauración o recuperación. Si ponemos un componente social, también tenemos que poner un componente político: quién define lo que debe ser restaurado, qué conocimientos se utilizan y si los saberes comunitarios acumulados durante décadas de impacto tienen algo que decir al respecto. También hay que entender que estamos habitando y vamos a seguir habitando un planeta dañado, en que hay territorios y formas de vida que vamos a poder conservar, recuperar o restaurar, pero hay otros que no. Es trágico constatarlo, pero creo que es importante, porque, si no, podemos quedar en una esperanza ciega de que todo se puede recuperar. Tenemos que tratar de recuperar y reproducir la vida lo máximo posible, pero también aprender a coexistir y cohabitar con ese daño.